¡Qué buenos actores eran!
Y ella, que había sido engañada durante tantos años, solo se dio cuenta cuando ya la habían exprimido hasta la última gota.-
Con una expresión distante, Simona bajó la mirada y, en contra de su costumbre, preguntó:
—Han pasado tres meses, ¿aún no han encontrado a la persona que dio el falso testimonio? ¿Mi mano y mis piernas… todavía tienen remedio?
En realidad, lo que quería preguntar era si aún les quedaba una pizca de compasión por ella.
Su voz resonó con una claridad inusual en la habitación. Ulises pareció desconcertado por un momento antes de responder:
—Simona, haré todo lo posible para vengarte. Y tu mano, también encontraré la forma de curarla.
Álvaro también se acercó a la cama y le tomó la mano con suavidad.
—Mamá, no estés triste. Esto pasó porque la tecnología médica en el país no es muy buena, ¡pero papá ya contrató al mejor equipo del extranjero!
«¿Fue por la mala tecnología o porque ellos retrasaron la operación a propósito?».
De repente, Simona se sintió agotada. Había resistido en la cárcel durante tres meses solo para salir y volver a verlos.
Y ahora, estas dos personas, las más importantes de su vida, le daban esta sorpresa.
—Olvídalo —dijo Simona, esbozando otra sonrisa forzada mientras clavaba la mirada en Ulises—. Solo quiero encontrar al verdadero culpable del atropello y al que dio el falso testimonio. Quiero limpiar mi nombre.
La expresión de él titubeó por una fracción de segundo.
—Simona, tú antes no eras tan rencorosa —frunció ligeramente el ceño, y su voz adquirió un tono frío—. Haré lo posible por ayudarte a obtener justicia, pero no quiero que te consuma el odio. ¿No podemos simplemente vivir en paz?
Simona sintió una amargura en el corazón; el dolor en sus entrañas era tan intenso que casi la dejaba insensible.
Le habían arruinado la vida, ¿cómo podría vivir en paz?
—¡Mamá, aunque tu mano no se cure, papá y yo no te rechazaremos por ser una discapacitada! ¡Olvida el odio! —intervino Álvaro.
Su expresión era inocente y cruel.
Simona no pudo soportar esa compasión condescendiente. Estaba a punto de decir algo más cuando sonó el celular de Ulises.
La frialdad en sus ojos se derritió en el instante en que contestó la llamada.
Simona lo observó en silencio, con el corazón encogido.
En tantos años de matrimonio, Ulises había sido bueno con ella, pero su expresión siempre había sido distante y fría.
Incluso había llegado a pensar que él no sabía sonreír.
Resulta que simplemente no le sonreía a ella.
Al colgar, Ulises adoptó una expresión de disculpa y frunció el ceño.
La mentira era muy torpe, y la impaciencia de Ulises, muy evidente.
«¿Será que, como ya estoy lisiada y no puedo recuperarme, ya no se molestan en fingir?».
Con el corazón apesadumbrado, Simona sonrió débilmente.
—Vayan.
Las facciones de Ulises se relajaron y le sirvió un vaso de leche.
—A ti te encanta la leche. Termínatela y espérame tranquila.
Dicho esto, se fue a toda prisa con Álvaro.
Había en su andar un aire de impaciencia.
Simona se quedó mirando el vaso de leche y sonrió.
Ella era intolerante a la lactosa.
A la que le encantaba la leche nunca había sido ella.
***

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