—¿Entrevista? ¿Qué clase de entrevista puedes tener? Con las manos y los pies destrozados, ¿qué podrías hacer aunque consiguieras un trabajo?
Al escuchar las palabras despectivas de Ulises, Simona soltó una risa fría.
—Tú sabes mejor que nadie cómo me lastimé la mano, ¿no es así?
Al oír a Simona hablar así, Ulises sintió un pánico momentáneo.
«¿Acaso sabe algo?».
De repente, se oyó una voz infantil a su lado, con un tono dulce que no podía ocultar el sarcasmo.
—No me digas que fuiste a una entrevista de dibujo. Esos garabatos que haces no son ni la mitad de buenos que los míos. ¿Fuiste a propósito a hacer el ridículo?
—Te aconsejo que aceptes de una vez por todas que eres una inútil y vuelvas a ser ama de casa.
Álvaro y Anabel se acercaron.
Él la atacó verbalmente sin piedad.
En los últimos días, Álvaro le había dicho tantas cosas hirientes que ya se había acostumbrado.
Al escucharlo de nuevo, ya no sentía nada, solo una especie de tristeza.
Tristeza por haberse casado con el hombre equivocado, Ulises, y por haber dado a luz al niño equivocado, Álvaro.
Anabel se agachó, apoyó las manos en los hombros de Álvaro y defendió a Simona.
—Álvaro, no puedes hablarle así a tu mamá. Tiene las manos y los pies lastimados, seguro que se siente muy insegura, por eso hace estas cosas. Deberías compadecerte de ella.
Álvaro hizo un puchero y se quejó con Anabel.
—¡Aunque se sienta insegura, no puede avergonzar a la familia Gracia! Es solo una ama de casa, pero insiste en andar por ahí haciendo el ridículo. ¡Qué vergüenza!
¡Jamás sentiría lástima por una mala madre como Simona!
Ulises se acercó y le entregó el termo con dibujos animados a Anabel.
—¿No tenías sed? Te preparé agua de piloncillo. Justo te viene bien estos días.
—Gracias, Ulises.
Se acercó, agarró a Simona del brazo y la interrogó:
—¿Volviste a ver a ese gigoló? ¡Simona, qué descarada eres! ¿Todavía no nos hemos divorciado y ya me estás engañando?
El agarre de Ulises le dolía en el brazo.
—¡Me lastimas! ¡Suéltame!
Ulises no la soltó, al contrario, apretó con más fuerza.
No le lastimó la muñeca, pero sintió como si la piel del brazo se le fuera a arrancar.
Justo cuando se preparaba para patear a Ulises, una voz autoritaria resonó desde el interior de la casa.
—¿Qué es todo este alboroto?
Leonel Gracia salió empujado en su silla de ruedas por el mayordomo. Al ver a Ulises sujetando a Simona, su rostro se ensombreció de inmediato.
—Ulises, ¿estás maltratando a tu esposa?

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