Al ver que Ismael evitaba su mirada, Carlota entendió que había cosas que no podía decirle.
—Ya, olvídalo. Lo importante es que pudiste salir adelante, entra —le dijo, resignada.
Al notar la decepción de Carlota, Ismael sintió un poco de culpa.
—Lottie, perdón.
—Mientras tú estés bien, todo está bien —Carlota se contuvo, frenando sus deseos de ir más allá. Tenía que apostar por el futuro, pensar a largo plazo.
En el fondo, apostaba a que Ismael terminaría siendo su hombre.
...
Ismael volvió a la casa de los Zamudio y vio a Isabel Hermosillo parada junto a la mesa del comedor. Frente a ella había un postre que ya estaba frío, pero ni siquiera lo había probado.
—¿Mamá?
—¿Ya volviste? —Isabel volvió en sí de golpe.
—¿En qué piensas? —Ismael la miró extrañado. Sentía que últimamente Isabel andaba muy distraída.
—Nada, solo estaba aquí. ¿Cómo estuvo la reunión?
—Solo platicamos un rato. ¿Dónde está papá?
—En el estudio.
—Voy a verlo —Ismael se sirvió un vaso de agua y se fue directo al estudio.
Cuando abrió la puerta, vio a Orlando Zamudio revisando los informes financieros del Grupo Zamudio.
Al verlo entrar, Orlando le hizo una seña.
—Justo a tiempo, ven, ayúdame a ver esto.
Los dos se sentaron a revisar los papeles, y así siguieron hasta que casi dieron las once y media de la noche.
Cuando ya estaban por terminar, Ismael por fin habló:
—En la cena de hoy me encontré con Julián, el que vive en Toronto. Dijo que allá vio a Beatriz… y parece que ya puede caminar bien.
Orlando se quedó pensando un momento, tratando de recordar quién era ese Julián del que hablaba Ismael, hasta que aterrizó en lo importante: Beatriz.
—¿Está viva? ¿Y ya está bien de la pierna?
—Sí.
Orlando soltó una carcajada, tomó su taza y le dio un trago a su café.
—Ya lo imaginaba. Hace tres años lo sospeché, todo lo que hizo era para borrar su rastro por completo.
—¿Y si regresa…? —insinuó Ismael, inquieto.
Pero antes de que pudiera calmarse, llegó otro:
[“No querrás que alguien vea nuestras fotos, ¿verdad?”]
...
En una cafetería discreta, Isabel se sentó frente a un hombre, usando gorra y mascarilla para pasar desapercibida.
El joven que tenía delante, que tres años atrás todavía tenía la mirada de alguien lleno de sueños, ahora parecía acabado, envejecido décadas en tan poco tiempo.
Ella lo miró con dureza.
—¿Qué es lo que quieres?
—Dinero —respondió él, directo, sin rodeos.
—Cuando desperté, me di cuenta de que me habían dejado tirado en una mina ilegal en la frontera. Me hicieron trabajar como esclavo tres años. Apenas logré escapar y no tengo a dónde ir. Solo me quedas tú.
En su momento, solo pensaba en ganar dinero, jamás imaginó que terminaría topándose con gente tan peligrosa.
—Yo solo quería que ganaras dinero, nunca fue mi intención que acabes en una mina —Isabel empezó a tramar su propia jugada—. Si no fuera por Beatriz, no habrías sufrido todo esto.
El hombre frunció el ceño, desconcertado.
—¿Beatriz? ¿Quién es esa?

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Los comentarios de los lectores sobre la novela: Ayer me despreciaste por coja, hoy me deseas por reina