—Eres mi familia, no mi enemiga —Rubén volvió a recalcar lo que ya le había dicho en el avión.
Siempre había sido así de transparente, directo como pocos.
En cambio, la actitud titubeante de Beatriz quedaba aún más en evidencia ante esa sinceridad suya.
—¿Cómo se usa este aceite? —preguntó el hombre, mirando el frasco entre sus manos. No terminaba de entenderle el truco, así que prefirió preguntar.
—Se mezcla y se diluye —respondió Beatriz, tranquila.
Rubén asintió. Vertió el aceite en la palma de su mano, lo mezcló y luego lo aplicó suavemente sobre la pantorrilla de ella.
Durante esos tres años en Toronto, aunque no coincidieron mucho, él había escuchado detalles de su vida cotidiana por boca de quienes la cuidaban.
Con la yema de sus dedos, Rubén fue masajeando despacio, siguiendo los músculos de su pierna hacia arriba.
—¿Así está bien la fuerza? —le preguntó, atento.
—Está perfecto, gracias.
El hombre soltó una pequeña risa, divertido por su agradecimiento.
—¿De qué platicaste con Vanesa? —quiso saber.
—Me invitó mañana a salir de compras —contestó Beatriz, sin ocultar nada.
Rubén detuvo el movimiento de sus manos y le indicó con un gesto que cambiara de pierna.
—¿Sí tienes tiempo? —preguntó.
—Le dije que mañana no podía, que mejor otro día.
El sonido de las palmas frotando el aceite volvió a llenar el silencio, ese roce áspero se oía claro. Rubén nunca perdía la sonrisa; en cada palabra suya había una calidez extraña, casi reconfortante.
—Te aconsejo que no le aceptes nada —le dijo, bajando un poco la voz—. Si le das entrada una vez, después será otra y otra. Los tres andan en la empresa queriendo evadir el trabajo a la menor provocación. Los gerentes ya ni saben cómo controlarlos, se la viven quejándose cada vez que me ven.
—No les hagas el juego —le advirtió—, no les des alas.
Beatriz se quedó pensando si acatar el consejo. Dudosa, le preguntó:
—¿Y no será muy mala onda si siempre les digo que no?
—¿Mala onda? —Rubén la miró de reojo, con una ceja levantada—. Qué raro… cuando me rechazas a mí, nunca te preocupas por eso.
Beatriz se sonrojó al instante.
—No está mal pedir ayuda. Ya tienes familia, señorita Mariscal.
Beatriz se quedó sin palabras.
Durante años, había estado luchando sola, defendiéndose como podía. Escuchar eso de la nada le sacudió el alma; sentía la cabeza a punto de estallar.
¡Ahora tenía familia! Qué raro y qué bonito se sentía.
—Gracias —susurró.
Rubén levantó la mano para acariciarle la cabeza, pero al recordar que aún tenía las manos untadas de aceite, la dejó en el aire.
—Descansa. Tengo un par de pendientes que resolver todavía.
...
Beatriz se acurrucó en la cama, abrazando la cobija, sin poder dormir.
Las palabras de Rubén le daban vueltas en la cabeza.
Así era sentirse protegida por alguien. Era una sensación nueva, cálida y poderosa.

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