—Si hubiera sabido que todo terminaría así desde el principio...
—Regina —interrumpió Lucas antes de que terminara—, ¿todavía tengo que enseñarte que a veces las palabras pueden traer problemas?
Regina se atragantó de coraje, y con un gesto brusco, aventó el anillo que tenía en la mano dentro del cajón.
Sin decir más, se metió furiosa al baño.
Sentía que por dentro le ardía el alma, como si el enojo le incendiara la piel.
El sonido del agua corriendo en la regadera llenaba el ambiente, igual que la vida que se precipita por un río caudaloso.
El agua corría, deslizándose por el desagüe, siguiendo su camino hasta llegar al río.
...
Beatriz apartó la mirada de las ondulaciones que se formaban en la superficie del río. Justo cuando se disponía a volver al carro, notó un lujoso Rolls-Royce Ghost estacionado junto a la acera.
El número de placas, 06280, llamó su atención.
Al principio, Beatriz pensó que esa placa era demasiado simple para alguien tan misterioso como Rubén.
Pero fue después, cuando Vanesa le contó que el 628 era el número de las coordenadas de Montaña Esmeralda, que Beatriz se dio cuenta de que había sido demasiado superficial.
—¿Qué haces aquí?
Se acercó, pero antes de recibir respuesta, sintió el saco de Rubén caer suavemente sobre sus hombros.
Como si él la hubiera estado esperando desde hacía rato.
—Pasaba por aquí y te vi —explicó Rubén mientras acomodaba el abrigo sobre ella—. El viento del río está fuerte, ¿no tienes frío?
Beatriz negó con la cabeza.
—No, estoy bien.
—¿Ya terminaste de disfrutar la vista? Si ya acabaste, vámonos a casa.
Beatriz se sonrojó al darse cuenta de que Rubén probablemente la había estado esperando todo ese tiempo.
—Sí, vamos a casa.
Rubén la tomó de los hombros para ayudarla a subir al carro, y al hacerlo, alzó la vista hacia las casas del otro lado de la calle.
Sus ojos se oscurecieron un poco más.
El camino por la avenida junto al río hasta Montaña Esmeralda tomaba al menos cuarenta minutos, incluso sin tráfico.
—¿Por qué te escondes?
Beatriz no respondió. Rubén deslizó su pulgar por la palma de su mano, repasando cada línea, como si explorara cada rincón de ella.
—¿Te pica aquí?
Detuvo su dedo justo en la zona del pulso y presionó con suavidad.
Beatriz contuvo la respiración.
—No... no es ahí.
—¿Entonces dónde? —Rubén se acercó todavía más, su voz y su cuerpo rodeándola, atrapándola entre el asiento y su presencia.
Beatriz sabía perfectamente que Rubén la estaba acorralando poco a poco.
Así era él, no solo en este momento, también en la vida diaria: bajo esa apariencia tranquila, había una determinación feroz.
Como no obtuvo respuesta, Rubén inclinó la cabeza, su aliento rozando la oreja de Beatriz.
—¿No me lo quieres decir? Entonces tendré que averiguarlo yo mismo.

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Los comentarios de los lectores sobre la novela: Ayer me despreciaste por coja, hoy me deseas por reina