El codo que Rubén tenía doblado junto a su costado se estiró un poco. Sus ojos, enrojecidos y cargados de deseo contenido, apenas le permitían controlar el impulso.
—Duerme tú primero, voy a darme una ducha.
Rubén ya se preparaba para levantarse, pero Beatriz estiró la mano y lo sujetó de la orilla de su pijama.
Su palma temblorosa reflejaba una mezcla de apego y lucha interna.
En la oscuridad, no lograba distinguir la expresión de Rubén, pero lo sentía.
Él la miraba fijamente.
Como si fuera un abismo… o peor aún, como un lobo hambriento que no había probado carne en tres años…
—Ve despacio… es mi primera vez.
Por un instante, se escuchó una risa entrecortada. Rubén la abrazó, desbordando alegría.
—Bea, mi querida Bea.
...
—¿En qué piensas? Te he visto sentado aquí un buen rato.
En el bar, Guillermo giraba el vaso entre sus dedos, distraído.
No podía quitarse de la cabeza la imagen de Beatriz marchándose con alguien más.
—Nada —contestó, lanzándole una mirada a Gregorio, tratando de bromear—. ¿Y tú qué haces aquí?
—Acabo de salir de una reunión, pensé que te encontraría y pasé a saludarte —Gregorio se acomodó a su lado y pidió un jugo de naranja.
Guillermo apartó la vista, tanteando el terreno.
—¿Y tu hermana? ¿Qué hay entre ella e Ismael?
—¿Qué podría haber? —Gregorio soltó los hombros, resignado—. Mi hermana es terca como una mula, cuando escoge a alguien, no lo suelta por nada del mundo. Da igual lo que le digan. Yo solo espero que Ismael algún día saque un poco de conciencia.
¿Conciencia?
¿Pedirle conciencia a alguien que casi mata a su exesposa?
Guillermo dudaba si Gregorio era ingenuo o solo se hacía el desentendido.
Se le marcó una media sonrisa, apenas visible.
Sus ojos se llenaron de una sombra.
—Difícil.
—Encima está Carlota en medio, y créeme, no es fácil quitarla del camino —añadió Guillermo, y no mentía. Todos lo sabían.
Carlota ahora estaba en la cima, ya tenía fama y la gente la aceptaba.
Ismael apenas había regresado a Solsepia y necesitaba gente de confianza a su alrededor.
Él se hizo hacia atrás, resistiendo el deseo de volver a abrazarla. En vez de eso, solo dejó el brazo sobre su cintura.
Aun así, Beatriz seguía achicharrada.
Intentó apartarse más, fastidiada.
—Si sigues moviéndote, te vas a caer de la cama.
—¡Bea!
Eran las cinco de la mañana, el cielo apenas clareaba. La noche anterior habían estado juntos hasta las dos y media. Rubén, con el sueño interrumpido por las patadas y vueltas de Beatriz, ya tenía dolor de cabeza.
No pudo evitar que su tono sonara más serio.
Beatriz abrió los ojos, desorientada, y lo miró sin saber qué hacer.
—¿Te estás enojando conmigo?
—Vida mía, ¿cómo crees que me voy a enojar contigo? —Rubén se sintió incomprendido.
Si apenas le alcanzaba el tiempo para consentirla, ¿cómo se iba a atrever a regañarla?
No podía olvidar que hasta el matrimonio con Beatriz lo había conseguido a base de insistencia, y encima ella había llegado pura a su lado.
Si alguien le preguntaba, la noche anterior casi se le salían las lágrimas de felicidad.
—Tienes razón, me equivoqué de tono. Perdóname, señora Tamez, no te enojes conmigo, ¿sí?

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: Ayer me despreciaste por coja, hoy me deseas por reina