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Ayer me despreciaste por coja, hoy me deseas por reina romance Capítulo 204

—Yo también fumo, ¿con qué cara te voy a reclamar? ¿Eh?

Rubén la tomó de la cara con ambas manos, juntando su frente con la de ella. Su voz sonaba tan cálida y suave, como si estuviera calmando a una niña:

—En vez de regañarte, me duele mucho más pensar en todo lo que te tocó vivir.

¡Y pensar que ella siempre había sido tan orgullosa, toda una señorita mimada!

Ezequiel Mariscal había sido el primer gran genio de la tecnología de aquellos años, y en poco tiempo había llevado su empresa hasta la cima.

Si él no hubiera muerto, Beatriz habría tenido en Solsepia todo lo que quisiera, sin que nadie se atreviera a llevarle la contraria.

Pero justo a esa chica tan delicada y consentida, la vida la arrinconó hasta el fondo.

La obligaron a perder una pierna, la empujaron a hacer alianzas con gente peligrosa, y ahora su mente solo estaba llena de sed de venganza.

Vanesa no era mucho mayor ni menor que ella, pero vivía pensando en comer, beber y pasarla bien.

Mientras tanto, Beatriz solo pensaba en cómo vengarse.

Esas cosas le partían el corazón a cualquiera.

—Vamos a desayunar primero.

...

En la mesa, los tres niños comían en silencio, sin atreverse ni a levantar la cabeza.

Beatriz apenas probaba bocado, perdida en sus pensamientos.

Cuando terminó, dejó los cubiertos sobre la mesa y Vanesa se levantó para ir a alimentar a los gatos.

Beatriz la siguió.

Ya en el patio, las dos platicaban sin mucho ánimo, a ratos calladas y a ratos diciendo cualquier cosa.

—La verdad que eres buena, tía. Mi tío estaba bien enojado y tú lograste calmarlo.

—Ni siquiera lo calmé —contestó Beatriz.

—¡No te creo! ¿A poco se le iba a pasar solo? Si ese señor es más duro que una piedra y encima con ese humor... No se arregla solo.

La verdad, Beatriz también empezaba a creer que Rubén sí podía arreglarse solo.

Cuando él notó el olor a cigarro en su boca, su primera reacción había sido molestarse.

Pero... al final ni siquiera se enojó de verdad.

Beatriz miró a Vanesa, que estaba agachada acariciando un gato en el patio.

Pero su mente estaba lejos, muy lejos de ahí.

...

—Señorita.

Rubén, una vez, platicando de Sebastián, le había soltado una frase que se le había quedado grabada:

—Hay gente capaz de cualquier cosa con tal de lograr lo que quiere.

Y sí, ella era una de esas personas.

Había soportado años enteros con tal de destruir a la familia Mariscal y a la familia Zamudio.

Durante las noches interminables de rehabilitación, cuando el dolor la hacía sentir que se moría, lo único que la mantenía aferrada era ese deseo de venganza.

¡Carlota!

Tú también vas a recorrer el mismo camino que yo.

Vas a sufrir lo mismo que yo sufrí.

Solo así sentiré que recuperé todo lo que me arrebataron.

...

A la mañana siguiente, Carlota despertó. El médico acababa de pasar a revisarla, y enseguida entró una enfermera empujando su carrito para ponerle una inyección.

Cuando la enfermera salió, Carlota se dio cuenta de que había un sobre blanco encima de la mesa de noche.

Lo tomó, intrigada, y lo abrió para ver qué había dentro.

En cuanto vio el contenido, sus ojos se abrieron de par en par, llenos de asombro...

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