Bajo el manto de la noche.
Beatriz se giró suavemente y alzó la vista hacia Rubén.
—¿Estás cediendo?
—Entre esposos no existe eso de ceder —reviró Rubén, rodeándola de la cintura y llevándola hacia adentro de la casa.
—Solo si ambos estamos dispuestos a ponernos en el lugar del otro, el matrimonio puede durar. Bea, en serio intento construir una vida contigo, de verdad.
Rubén se detuvo y la miró fijamente mientras decía esas palabras.
En sus ojos ardía una pasión que era imposible de ignorar.
Beatriz sintió el peso de esa mirada.
No podía esquivarla, ni mucho menos escapar.
Ella no podía entregarse del mismo modo que Rubén, aunque tenía claro que él no tenía la culpa de nada.
Todo era cosa de sus propios deseos egoístas.
La venganza le ocupaba la cabeza; la verdad, el lugar que Rubén tenía en su corazón distaba mucho de ser correspondido en ella.
—Gracias, también voy a esforzarme por estar a tu lado.
—Vas a tener que aguantarme un poco más —agregó, bajando la voz—. Sé que últimamente ando distraída, que no he estado en casa como antes, y entiendo que eso te haga sentir mal... pero no puedo dejar de lado este asunto, esta sed de justicia. Dame tiempo, ¿sí?
El señor Tamez asintió despacio.
La abrazó, envolviéndola con sus brazos y acariciando su cabello largo, susurrando otra vez:
—Sí, te esperaré.
Él siempre supo que ella arrastraba esa pesada carga de odio; desde el principio lo entendió, ¿cómo podría reprocharle algo?
Rubén había aguantado mucho.
Después de haber arreglado las cosas con Carlota, ¿no era hora de encargarse también de la familia Hermosillo?
Solo de imaginar a Beatriz encontrándose tan seguido con Ismael, sentía que los celos lo devoraban por dentro.
Pero no podía demostrarlo frente a ella.
No quería asustarla.
Aquella noche, Rubén la buscó una y otra vez.
Beatriz sentía que era como una hoja flotando a merced de una tormenta.
Los hombres maduros saben cómo convencer.
Beatriz, entre sus brazos, fue guiada en un ir y venir sin descanso.
Beatriz asintió.
—Asegúrense de soldar todas las puertas de emergencia del piso treinta y dos hasta el primero. Que no haya manera de que suban.
—Eso es, jefa —Liam chasqueó los dedos, animado.
—Vanesa, vas con Liam. Andrés, te quedas aquí en el carro.
A las siete, los funcionarios encargados de la licitación subieron.
Liam y su gente sellaron las puertas de emergencia en cada piso; Vanesa lo asistió sin perder detalle. Al regresar al carro, vieron a Andrés conectado al sistema, monitoreando las cámaras de las escaleras de emergencia en su tableta.
En ese momento, Ismael y su equipo cargaban decenas de kilos de documentos, subiendo piso tras piso con la respiración agitada.
Al llegar al piso treinta y dos, intentaron abrir la puerta de emergencia y se toparon con que estaba cerrada.
Bajaron al treinta y uno, igual: cerrada.
Y así, fueron probando piso por piso...
—Señor Zamudio, ¿qué hacemos? Ya casi empieza la licitación.
Ismael ni se lo pensó.
—Que los de arriba tumben la puerta. Solo si logramos meter los documentos habrá oportunidad, si no, todo esto no servirá de nada.

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Los comentarios de los lectores sobre la novela: Ayer me despreciaste por coja, hoy me deseas por reina