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Ayer me despreciaste por coja, hoy me deseas por reina romance Capítulo 244

El hombre de mediana edad estaba de pie junto a él, con una actitud sumamente respetuosa. Conversaban de algo, aunque no se alcanzaba a oír qué, y de vez en cuando él lanzaba alguna mirada hacia la puerta del privado.

¿Estarían hablando de ella?

No pasó mucho tiempo antes de que el mesero llegara con los platillos, y Rubén entró al salón.

—¿Por qué no invitaste a esa persona a pasar?

—No quería que nadie interrumpiera nuestro rato juntos, que es tan raro de conseguir.

Beatriz sonrió con picardía.

—¿Señor Tamez, me está reclamando?

—Un poco, pero tampoco tanto —Rubén soltó una risa breve. Beatriz siempre andaba ocupada, ya fuera planeando su venganza o moviendo sus piezas con cautela; el tiempo que le dedicaba a él cada día era más bien escaso.

La verdad, a su altura ya no necesitaba ir a la oficina a diario.

Pero cuando su esposa no estaba en casa, él se quedaba solo, como estatua esperando a quien no regresa.

Así que prefería mantenerse ocupado, buscarle sentido a sus días.

Tener una esposa tan ambiciosa era una experiencia nueva para él.

Cuando terminaron de comer y salieron, ya estaban en pleno centro de Luminosa, donde todo era bullicio y vida.

Al salir tras pagar la cuenta, Rubén le pasó un cubrebocas a Beatriz.

—Ven, vamos a dar una vuelta por aquí cerca.

—¿Conoces bien Luminosa?

—Sí, de niño venía seguido. Luego, cuando me fui al extranjero, sólo regresaba cada dos o tres años.

Beatriz puso su mano sobre la de él.

Caminaron tomados de la mano por el casco antiguo de la ciudad, pisando esas calles empedradas que a veces compartían con alguna moto eléctrica que pasaba a toda prisa.

Rubén la protegía, asegurándose de que siempre quedara a su lado.

Por su ubicación especial, el clima de Luminosa era una delicia.

Parecía el sitio perfecto para retirarse.

Beatriz saboreó la calma del centro histórico y suspiró.

Rubén pasó el brazo por sus hombros y la miró de reojo.

—¿Qué tienes?

—Hace mucho que no me sentía tan tranquila —dijo ella, dejando entrever una sonrisa serena.

—Si te gusta, cada año podemos apartar un par de meses para venir a quedarnos aquí.

Beatriz lo miró con una chispa traviesa en los ojos.

—¿A poco tienes propiedades aquí?

—Sí, y en muchos otros países también.

—¡Vaya, qué adinerado!

Rubén soltó una carcajada.

—Con todo lo que tengo, nunca te he visto venir a pedirme ayuda de verdad.

...

Apenas Beatriz se fue, la anciana se quedó sentada en el sillón mucho rato, sin poder recuperarse.

Tuvo que tomarse dos pastillas para el corazón antes de sentirse un poco mejor.

En ese momento, la llenaba una rabia amarga.

Se odiaba por no haber puesto más veneno aquella vez.

Se reprochaba el haber sido tan blanda, tan compasiva.

—¿Señora, en la noche va a cocinar usted o prefiere que cenemos en el comedor?

La empleada entró después de terminar las cosas en el patio, hablándole en voz baja.

La anciana soltó un suspiro.

—Cocinaré yo misma.

—Bueno, está bien.

—Voy a darle de comer a Coco primero —dijo la empleada, refiriéndose al perrito que la anciana tanto quería.

Al buscarlo, recorrió la casa de arriba abajo, pero no lo encontró por ningún lado.

Fue al patio y, apenas llegó al jardín trasero, vio a Coco tirado en el pasto, cubierto de sangre.

—¡Aaaaah!—

Un grito desgarrador rompió el silencio...

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