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Ayer me despreciaste por coja, hoy me deseas por reina romance Capítulo 243

—Beatriz, ¿te volviste loca o qué?

La abuela se acercó rápido, jalando su mano, empeñada en ver de una vez por todas quién salía en la mitad de la foto que Beatriz había dejado intacta.

Apenas le levantó la muñeca, lo vio claro.

Era una foto de ellos, los tres juntos.

La parte que había quemado mostraba a Lucas con su familia y a Beatriz.

—¿De verdad te volviste loca? ¿Cómo se te ocurre quemar la foto de alguien que sigue vivo? ¡Eso es como desearles la muerte!

—¿Desearles la muerte? Por favor, ni que yo fuera tan suave. Lo que quiero es que se mueran, así de simple.

La mano de la abuela temblaba con rabia, apretándole el brazo con tanta fuerza que daba la impresión de querer rompérselo en dos.

Beatriz se soltó de un tirón.

La abuela perdió el equilibrio y se desplomó contra el respaldo del sofá.

Beatriz no se detuvo; se acercó aún más, su voz era una amenaza:

—Más te vale seguir fingiendo este cuento hasta el final. Porque si dejas de actuar, no pienso responder por lo que pueda hacer.

—Guau, guau… guau, guau—

El escándalo en la sala despertó al perrito que dormía debajo del sofá.

El perro, que la abuela tenía desde hace tiempo, no conocía bien a Beatriz. En cuanto la vio, empezó a ladrar furioso.

Beatriz miró al animalito. En su mirada serena apareció de pronto una sombra de dolor antiguo, un recuerdo que la golpeó como ráfaga.

Así que…

¡No era miedo a los perros!

¿Cómo iba a temerle a los perros alguien que había criado uno?

De niña, había recogido un perro de la calle y lo llevó a su casa.

La abuela, usando de pretexto que Beatriz le tenía miedo a los perros, se deshizo del animal sin consultarla.

Pasaron años antes de que Beatriz entendiera que no era miedo, que lo suyo era una forma de reclamar su lugar, su derecho a decidir.

Volvió la mirada hacia la abuela y, de pronto, se le escapó una risa extraña, cargada de resignación y amargura.

—Muy bien, muy bien…

Salió de la casa, y en el patio todavía se detuvo para platicar un poco con la empleada que siempre la había cuidado.

Se mostró cariñosa, le pidió de favor que cuidara bien de la abuela, le dio varias recomendaciones y hasta sacó unos miles de pesos de su bolsa para entregárselos antes de subirse al carro.

...

Beatriz se dio cuenta de que el carro no tomaba el camino al hotel y preguntó:

—¿A dónde vamos?

—A comer —contestó Rubén.

Había reservado una mesa en Luminosa, un restaurante privado famoso por su comida tradicional. Decían que era tan solicitado que conseguir lugar era casi imposible.

Apenas se sentaron y pidieron los platillos, alguien los fue a buscar.

Beatriz estaba de espaldas a la puerta, pero escuchó que alguien llamaba a Rubén:

—Señor Tamez.

Rubén la miró, y solo cuando ella asintió con la cabeza, él salió del privado para conversar unos minutos.

El patio interior del restaurante tenía pérgolas, fuentes y una pequeña cascada artificial que llenaba de niebla el ambiente, difuminando las figuras de los que estaban ahí.

Aun vestido de manera casual, Rubén tenía una presencia tan fuerte que nadie se atrevía a acercarse demasiado.

Beatriz recordó la segunda vez que lo vio, en el instituto de Luciana.

Él, de pie, bañado por la luz que entraba por la ventana, tenía algo de santo y de demonio al mismo tiempo.

Imposible no sentir que el corazón se le aceleraba.

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