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Ayer me despreciaste por coja, hoy me deseas por reina romance Capítulo 262

Beatriz siempre ha sido directa y sin rodeos con esa gente.

Un puñado de oportunistas que solo se arriman cuando les conviene.

Que se acercaran a ella no hacía más que arruinar el ambiente.

Cuando Vanesa salió, Aurora ya se había marchado cabizbaja, casi huyendo.

Beatriz, sin pensarlo dos veces, sacó la tarjeta y pagó con toda naturalidad.

Justo en ese momento, Rubén se preparaba para salir de la oficina cuando le llegó una notificación del banco al celular.

Al ver la larga fila de ceros en el mensaje, se quedó un instante sin palabras. Después, una sonrisa apareció despacio en sus labios.

Le encantaba que Beatriz gastara su dinero.

¿Acaso la dependencia económica no era también una forma de vínculo?

El señor Tamez abrió WhatsApp y mandó un mensaje: [¿Andas de compras?]

Beatriz respondió casi al instante: [¡Sí! Esta noche no voy a cenar en casa.]

Rubén se quedó mirando la pantalla, frunciendo el ceño ante esas pocas palabras: [¿Y yo qué?]

Cuando Beatriz leyó ese “¿Y yo qué?”, se quedó un momento pensativa. Sus dedos volaron por la pantalla y escribió una buena parrafada: [Últimamente siempre me preguntas lo mismo. Somos pareja, no siameses.]

¡Qué pegajoso se había vuelto él!

Eso era lo que sentía Beatriz últimamente.

De dónde salía esa inseguridad de Rubén, Beatriz no lo tenía claro.

Después de enviar el mensaje, esperó un buen rato pero Rubén no contestó.

...

Mientras tanto, en la oficina más alta de Capital Futuro, se estaba gestando una tormenta imparable.

Cuando Alberto entró con unos papeles en la mano, se topó de frente con el abismo de emociones del jefe.

El susto lo hizo retroceder un par de pasos.

—Señor Tamez, el Grupo ZamudioOrlando ya está en la oficina del señor Urbina.

Rubén levantó la mirada apenas, y lo fulminó con los ojos. Habló con un tono cortante:

—Dile al señor Urbina que no se contenga.

Ireneo asintió y tomó un sorbo.

—Así es, ¿quién no?

No era que preparara el té como un maestro, pero recostado en la silla, con la taza en la mano, tenía esa pinta de tipo relajado y seguro de sí mismo.

Mientras platicaban, Orlando llevó el tema directo al grano.

—Desde hace tiempo he oído que el señor Urbina es de los que no se anda por las ramas. Así que voy a ir al punto.

Ireneo le hizo una seña.

—Dígame, señor Zamudio.

—Con la llegada del otoño y tanta neblina, el Grupo Zamudio no entiende por qué de pronto se encuentra tan perdido. Quizá el señor Urbina podría darnos una luz.

Ireneo no dejó de sonreír, transmitiendo esa falsa impresión de ser siempre accesible y fácil de tratar.

¿Darle una luz? ¿No era eso lo mismo que pedirle que le contara en qué habían metido la pata con la familia Tamez?

¿Y cómo iba a soltar él esa información?

Si lo hacía, el tacaño de Rubén lo iba a hacer pagar caro.

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