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Ayer me despreciaste por coja, hoy me deseas por reina romance Capítulo 263

Ireneo volvió a llenar su taza con café y le habló a Orlando:

—Señor Zamudio, la verdad es que yo también ando perdido entre tanta neblina.

Con eso, dejaba claro que tampoco entendía nada.

Según su lógica, Rubén debió haber sabido de la existencia de Ismael, el exesposo, mucho antes de enredarse con Beatriz.

¿Por qué no lo sacó del camino desde el principio, cuando tenía la oportunidad?

¿Por qué esperar tres años para empezar a mover las piezas y deshacerse de él?

Por más que lo pensaba, no encontraba una explicación. Era como si toda la situación estuviera envuelta en un misterio imposible de descifrar.

Orlando, por su parte, no tragaba entero. Capital Futuro era una empresa propiedad de los Tamez, y Ireneo ocupaba un puesto alto. ¿Cómo era posible que no supiera lo que realmente sucedía?

—Señor Urbina...

—¿No me cree, señor Zamudio? —Ireneo lo interrumpió de golpe—. Entre usted y yo no hay líos ni rencores. No tengo ninguna razón para inventar excusas. Lo que sí le digo es que el camino que busca, yo no se lo puedo mostrar.

Ahí terminó el tema principal entre ellos.

El resto de la charla, durante casi media hora, se enfocó en cosas personales y pasatiempos, temas que no iban más allá de lo trivial.

Cuando Orlando se despidió y salió, Ireneo se quedó solo y chasqueó la lengua con fastidio.

—De todos los que podía molestar, tuvo que ir a buscarle bronca a Rubén. Vaya mala suerte —murmuró con resignación.

...

Orlando bajó del edificio, subió a su carro y en todo el trayecto de regreso a casa, no pudo quitarse la preocupación de la cara.

Al llegar a la casa de la familia Zamudio, encontró a la abuela en la sala y platicaron un momento.

—¿Ha pasado algo raro en la empresa últimamente? —preguntó la anciana—. Ni tú ni Ismael se han dejado ver mucho estos días.

—Ha habido algunos problemas —Orlando soltó un suspiro, y le contó lo que había pasado recientemente.

La abuela escuchó todo, sin dejar de fruncir el ceño.

—Desde que Beatriz regresó, ni la familia Mariscal ni nosotros hemos tenido paz. No quiero pensar mal de esa muchacha, pero... —la abuela se detuvo, suspiró y bajó la voz—, no me da buena espina.

—Mañana iré a hablar con ella.

—¿De verdad crees que Beatriz está detrás de esto? ¿Qué tendría que ver ella con los Tamez?

—Ella no, pero la familia Barrales tiene lazos muy fuertes con los Tamez. Los Tamez manejan clínicas privadas en el extranjero. Si no fuera por ellos, Beatriz ni siquiera hubiera podido curarse la pierna.

La abuela, en sus años mozos, había escuchado muchas historias sobre los Tamez.

La abuela, al verla tan desmejorada, le hizo una seña para que no se preocupara por ella.

Ya en su cuarto, Isabel se dio un baño, se acostó y se cubrió los ojos con el dorso de la mano. Sentía que la tristeza la envolvía como una sombra interminable.

Orlando se sentó al borde de la cama y le tocó la frente.

—¿Tienes fiebre?

—No.

No estaba enferma.

La verdad era mucho peor: había sido víctima de una agresión y ahora estaba embarazada.

En ese momento, a Isabel le cruzó por la cabeza la idea de acabar con todo.

Pero no podía decirlo.

Si no lo decía, su situación solo se volvería más difícil.

Isabel dudó, tragó saliva y al final, con la voz entrecortada, preguntó:

—Orlando, si... digo, si yo llegara a...

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