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Ayer me despreciaste por coja, hoy me deseas por reina romance Capítulo 286

—Vanesa, ya te volviste descarada, ¿eh? Ahora hasta te atreves a hablarle así a tu tío.

—¿A poco no creen que tengo razón? —Vanesa los miró con desconcierto.

—Si te importa, dilo. Si te gusta, hazlo. ¿De qué sirve quedarse callado mirando al otro, esperando que adivine la pelea que traes por dentro? Eso es como llegar a un baño público y preguntarle a alguien si va a hacer lo mismo que tú. ¿Acaso los demás leen la mente o qué?

—De verdad me impresiona cómo pueden ser tan creídos algunos hombres.

Con esa frase, Vanesa acabó insultando a todos los hombres de la casa.

Sebastián fue el primero en brincar para defenderse:

—¡Eso sí ya estuvo pasado!

Vanesa lo miró de reojo, con una expresión que dejaba claro que ni ganas tenía de discutir con él.

Joaquín, que siempre intentaba calmar las aguas, intervino:

—Ya, ya, dejen el pleito. Si el tío no está en casa, mejor salgamos a distraernos un rato.

Vanesa alzó la mano de inmediato, entusiasmada:

—¡Yo quiero ir a darme un masaje!

Ya tenía rato que no la atendía un chico guapo.

En Solsepia no faltaban lugares para divertirse, había desde bares elegantes hasta clubes exclusivos, y últimamente, Vanesa se había obsesionado con los masajes en uno de esos centros de pies finos que había encontrado quién sabe en qué rincón escondido.

Aunque costaban un buen, aunque el lugar era de lo más exclusivo, para ellos eso no era nada del otro mundo.

Joaquín y Sebastián apenas pusieron un pie en el lugar y ya estaban sorprendidos por lo bien que Vanesa conocía el sitio.

—¿Aquí no separan hombres y mujeres? ¿Qué clase de lugar es este? —Sebastián se quejó, escandalizado.

—Ay, qué anticuado eres —le soltó Vanesa, sin piedad.

Ya en la sala privada, se dieron cuenta de cómo estaba el asunto.

—¿Dónde encontraste este lugar? —preguntó Joaquín.

—En internet, ¿a poco no soy genial? —Vanesa movía la cabeza, orgullosa de sí misma.

—Sí, sí, genial —asintió Joaquín, serio.

Sebastián le lanzó una mirada de fastidio:

—Claro, sigue consintiéndola.

Cuando terminó el masaje, Vanesa salió de la sala moviendo los brazos, relajada.

Mientras ellos cuchicheaban sobre Gregorio, él seguía platicando con Sebastián, pero no dejaba de mirar a Vanesa, evaluándola de arriba abajo.

—¿Quién es esa chica? —preguntó Gregorio, con tono casual, pero Sebastián captó sus intenciones de inmediato.

Le estaba preguntando por la gente que lo rodeaba, como si ya estuviera haciendo cuentas para colarse en su círculo.

—¿Desde cuándo el señor Olmos se interesa por las mujeres que me acompañan? —Sebastián no se molestó en disimular su desconfianza.

Gregorio fingió reír y se hizo el desentendido:

—Nada, es solo que siempre te veo solo. Hoy me sorprendió verte en compañía y pregunté por preguntar. No te lo tomes a mal.

Sebastián solo asintió, sin mostrar mucho interés:

—Otro día platicamos.

Gregorio se despidió y se fue, dejando a Sebastián con cara de pocos amigos. Al regresar, Vanesa seguía mordiendo un pedazo de melón.

—¿Y a ti qué te pasa, por qué esa cara? —preguntó Vanesa, sin dejar de comer.

Sebastián la miró y replicó, medio en broma, medio en serio:

—Por dejarte salir, ahora hasta los idiotas se te quieren acercar, ¿ves?

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