Entrar Via

Ayer me despreciaste por coja, hoy me deseas por reina romance Capítulo 302

Ireneo, sumido en su letargo habitual, despertó de golpe como si le hubieran arrojado un balde de agua fría.

Encendió la lámpara de buró, se frotó la cara con ambas manos y se sentó en la cama.

Las gruesas cortinas seguían bloqueando la claridad de la mañana, todavía filtrando el día que asomaba fuera.

—¿No estarás bromeando? —preguntó Ireneo, con voz aún adormilada.

El señor Tamez respondió sin inmutarse, enrollando la venda por última vez alrededor de su mano, sin siquiera alzar la vista:

—¿A poco tengo cara de estar bromeando?

Ireneo frunció el ceño, confundido.

—No entiendo, ¿que no habías dicho que no ibas a meterte en los planes de venganza de tu esposa?

Rubén le lanzó una mirada de soslayo y replicó:

—¿Acaso ya me viste metido?

En ese estudio a media luz, Rubén, maestro de las intrigas, se parecía más a un lobo disfrazado de oveja que nunca.

De pronto, a Ireneo le cayó el veinte. Soltó un suspiro cargado de resignación.

—¿Fui yo el que lo hizo, verdad?

Rubén asintió.

—Con que te des cuenta, basta.

El sonido de la gasa al ser rasgada llenó el silencio —fsssh—, mientras Rubén remataba el vendaje con un nudo en la palma.

—Qué valiente, ¿eh? No quieres mancharte las manos y me dejas todo el lío a mí. Si tu esposa se entera y viene a reclamarme, ¿vas a defenderme?

—Claro —contestó Rubén sin titubear.

—Con eso me basta —masculló Ireneo, dejando caer la cobija para levantarse de la cama.

Lo que no sabía era que, con los años, Rubén terminaría vendiéndolo sin el menor remordimiento.

¿Tranquilo?

Se relajó demasiado pronto.

...

Después de resolver todo, Rubén regresó a la recámara.

Se metió en la cama con sigilo y abrazó a Beatriz, acomodándola entre sus brazos.

...

—¿Qué hora es? —preguntó Sonia Olmos, despertando abruptamente por culpa del despertador.

...

Ya en el estacionamiento, Ismael arrancó su carro y se dirigió a la oficina. Al llegar, mandó llamar a Izan.

—Ve a comprarle algo a Sonia. Un detalle.

Izan entendió al instante.

Otra vez la señorita Olmos estaba molesta, y como siempre, su jefe recurría al mismo método de siempre para contentarla.

Pobrecita de la señorita Olmos, pensó Izan. Llevaba años con el jefe y jamás la había reconocido como pareja formal. Si alguien debía sentirse mal, era ella. Pero, si uno se pone a pensar, tampoco es para tanto; después de todo, Beatriz nunca tuvo ni eso. Si la hacía enojar, ¿contentarla? Ni soñarlo, con que no la sacara de la vida ya era suficiente.

Izan encargó una joya y se la mandó a Sonia a su departamento.

Al principio, Sonia se emocionaba con esos regalos, pero con el tiempo, la estrategia la empezó a fastidiar. Ya no sentía alegría al recibirlos, sino una especie de rechazo mezclado con hartazgo.

Molesta, guardó la joya y se marchó directo a casa.

Justo ese día, su hermana Carla Olmos no había ido a la oficina. Al verla llegar de tan mal humor tan temprano, se sorprendió.

—¿Qué pasó? ¿Se pelearon otra vez desde temprano?

Sonia hizo un gesto afirmativo y le entregó la bolsa con la joya.

—Mira, a ver a quién se la puedes regalar luego.

Historial de lectura

No history.

Comentarios

Los comentarios de los lectores sobre la novela: Ayer me despreciaste por coja, hoy me deseas por reina