—Ay, ese Orlando ya salió en las noticias —soltó Ireneo con tono aburrido, dejando su celular sobre la mesa y girando hacia Rubén—. Si Lucas Mariscal y Orlando se alían, le sobran oportunidades para ponerle una trampa a tu esposa. No olvides que sigue trabajando en el Grupo Mariscal.
—Está de vacaciones —respondió Rubén en voz baja.
—¿Vacaciones? ¿Así, tan campante? ¿Lucas de veras lo permitió?
Cualquiera con tantita malicia sabía que, en momentos así, lo más seguro era tener cerca a la persona que querías controlar, manteniéndola bajo vigilancia.
Si Beatriz se les escapaba de las manos, nadie iba a lograr que regresara por las buenas.
Rubén apenas movió la cabeza, con un dejo de orgullo en su voz:
—Ella sabe cómo arreglárselas.
No eran muchas palabras, pero el tono de Rubén derrochaba cariño y una confianza casi absoluta.
Ireneo, que conocía bien esos matices, sonrió con resignación. Beatriz sí que se las ingeniaba… y nunca de manera sutil.
...
En ese momento, en la oficina del último piso del Grupo Mariscal, Regina Gómez, impecable en su traje negro, estaba recargada junto a Lucas. Él permanecía sentado tras el escritorio; ella, de pie a su lado, ambos observando fijamente a Beatriz.
Entre los tres flotaba una tensión tan densa como si se tratara de una guerra sin palabras.
Beatriz, recostada en la silla, parecía absolutamente tranquila, ignorando por completo el evidente recelo en la mirada de los otros dos.
Al escuchar que Beatriz pedía vacaciones, a Lucas se le crispó el gesto, apenas disimulando el fastidio.
Aun así, controló su molestia y preguntó:
—¿Por qué quieres vacaciones?
—No me siento bien —contestó Beatriz, sin rodeos—. Tú sabes, tengo problemas viejos en la pierna. Aunque ya quedé bien, con el frío y al andar tanto por fuera, me duele bastante.
Hizo una pausa, dejando que sus palabras cayeran con naturalidad.
—Además, anoche soñé con mi papá. Me dijo que el cumpleaños de la abuela ya casi llega, que debería ir a visitarla en su nombre y cumplir con mi deber de nieta. Ahora que lo pienso, llevo bastante desde que regresé y no he visto a la abuela. ¿Tú sabes dónde está, Lucas?
Regina apretó los puños con fuerza a un costado del cuerpo.
—¿No entendiste que nos estaba amenazando con la abuela? —le soltó, con el tono seco—. No olvides cómo logramos todo lo que tenemos ahora. Por ningún motivo, la abuela puede morir todavía.
El silencio cayó como una losa en la oficina.
Regina tardó en hablar, meditando cada palabra.
—¿Será que ya sabe algo?
—¿No fue Orlando quien se movió? ¿Hasta dónde habrá llegado?
La duda de Regina quedó flotando justo cuando el teléfono sobre el escritorio de Lucas empezó a vibrar.
Al ver el número en pantalla, Lucas se tensó y le lanzó una mirada a Regina.
—Sal, por favor. Tengo que contestar.
Regina lo miró sorprendida. ¿Desde cuándo la excluía de esa forma?
—¿No puedo escuchar? —preguntó, con una mezcla de incredulidad y molestia.

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