Cuando la sangre empezó a gotear del maletero, Cristian, con sus años de experiencia resolviendo casos, entendió que algo grave estaba pasando.
Sacó un par de guantes del bolsillo y se los puso antes de abrir el maletero.
La tapa se levantó despacio, revelando primero un par de piernas cubiertas con botas de estilo militar.
Luego, el cuerpo tendido de un hombre.
En ese instante, las pupilas de Ismael se contrajeron de golpe. Aunque no alcanzaba a ver el rostro, tenía claro que se trataba de un europeo.
El hombre frente a ellos...
Cristian, a pesar de todos sus años enfrentándose a escenas insólitas, se quedó sorprendido con lo que tenía ante sus ojos.
¿Qué clase de situación era esa?
¿Un sospechoso llevando un cadáver hasta la puerta de la comisaría?
Cristian desvió la mirada lentamente hacia Ismael.
—Señor Zamudio, va a tener que colaborar con nuestra investigación.
Ismael sintió cómo se le erizaba la piel en la nuca y asintió, pesado.
—¿Qué ocurre aquí?
—¿No es ese el...?
Un compañero que pasaba, al ver la escena, mostró un gesto de asombro y enseguida sacó su celular para revisar el álbum de fotos. Miró al hombre, luego a la foto en la pantalla, y al final, atónito, le pasó el teléfono a Cristian.
—Hace una hora alguien vino con esta foto a reportar su desaparición. Decían que seguramente estaba en manos de algún enemigo.
Cristian escuchó la explicación y, despacio, volvió la mirada hacia Ismael.
—Señor Zamudio, acompáñeme dentro.
—Déjeme hacer una llamada primero.
Cristian extendió la mano, dándole permiso.
Ismael llamó a Orlando Zamudio y, sin rodeos, le explicó la situación.
—No lo creo, estoy seguro. Si yo hubiera tenido algo que ver, no tendría sentido meter el cuerpo en el maletero de mi propio carro. Es una tontería.
Cristian tomaba notas mientras preguntaba:
—¿Desde cuándo conduce este carro, señor Zamudio?
—Hace cinco años.
—¿A qué hora lo usó hoy por primera vez?
—A las siete y media de la mañana. Salí del departamento rumbo a la empresa y a las dos de la tarde fui al instituto. Desde entonces, no lo he dejado.
...
—Este Ismael no es ningún tonto, mira que ir directo a la comisaría —comentó Ireneo, recargado en el escritorio de Rubén.
Con una mano sostenía una taza de café y con la otra revisaba las noticias en el celular.
De repente, la noticia desapareció de la red.

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Los comentarios de los lectores sobre la novela: Ayer me despreciaste por coja, hoy me deseas por reina