Entrar Via

Ayer me despreciaste por coja, hoy me deseas por reina romance Capítulo 34

—¿A poco no? —murmuró alguien, justo antes de que las voces de la plática se disiparan en el aire.

En ese instante, la puerta del baño junto a la sala de descanso se abrió de golpe.

Un hombre vestido con camisa negra salió, todavía con gotas de agua resbalando por los dedos. Su expresión era tan sombría y pesada que el ambiente a su alrededor parecía más denso.

...

Cuando Izan entró a la oficina, vio a su jefe, Ismael Zamudio, de pie junto a la ventana, con un cigarro entre los dedos, mirando los edificios de afuera. Su cara era difícil de leer, pero sin duda estaba de malas.

—Señor Zamudio, siguen saliendo filtraciones sin parar —dijo Izan, al tiempo que le extendía la tableta.

—¿Ya sabes quién es? —preguntó Ismael, sin apartar la vista.

Izan bajó la cabeza. No se atrevía a responder.

—¿Beatriz? —Ismael lo miró de reojo, adivinando la respuesta por la cara dudosa de su asistente.

Izan asintió.

Estos dos, marido y mujer, antes apenas se soportaban. Podían pasar semanas sin verse, y nunca se había llegado a este punto. Pero en las últimas dos semanas, desde que Ismael hizo pública su relación con la señorita Olmos, el delgado hilo que los unía por fin se rompió.

—Prepara el carro, me voy a la casa —ordenó Ismael con voz seca.

...

—¡Pum!—

La puerta de la mansión retumbó cuando la abrieron con fuerza.

Ismael entró con pasos largos y decididos.

Pensó que, a esa hora, Beatriz ya estaría dormida. Para su sorpresa, hoy ella seguía sentada en el sofá como si lo estuviera esperando.

La sala, enorme, apenas tenía encendida una lámpara de luz tenue. La penumbra dibujaba una atmósfera espesa, casi íntima, llena de un silencio que parecía a punto de romperse.

Beatriz llevaba un vestido blanco de tirantes, el cabello largo y ondulado caía en cascada sobre su espalda. Su piel clara, impecable como una perla, y el maquillaje apenas visible la hacían ver tan delicada que uno podía olvidar que tenía problemas para caminar.

Se veía preciosa.

Sus cejas finas y su rostro delicado evocaban la imagen poética de una flor de loto y ramas de sauce. Si no fuera por su carácter tan aguerrido, tal vez todo entre ellos habría sido distinto.

—Tampoco querrás estar atada a mí toda la vida, ¿verdad? Soy una mujer que no puede darte herederos, ni hijos. Si tú y la señorita Olmos llegan a tener un hijo, legalmente sería un hijo fuera del matrimonio. Tú creciste entre gente poderosa, seguro has visto casos donde la esposa legítima se aferra a su lugar y no lo suelta, ¿no? Yo estoy dispuesta a dejarte el camino libre, para que tú y la señorita Olmos puedan estar juntos. ¿No es mejor así?

—Además, esto solo sería un tropiezo pasajero. Yo sé que tienes la capacidad de resolver cualquier problema. En estos dos años que llevas en el Grupo Zamudio, la empresa ha crecido como nunca, todos lo saben. Los accionistas no son tontos, si te reemplazan, no van a ganar lo mismo.

Beatriz adornaba el futuro con promesas suaves, como quien ofrece un sueño en bandeja de plata.

Pero cada palabra le pesaba más a Ismael. Escucharla tan tranquila, tan distinta, le revolvía algo por dentro. Si desde el principio hubiese sido así de comprensiva, tal vez su historia habría sido otra.

El silencio se hizo largo. Beatriz, por un momento, no supo qué pasaba por la cabeza de Ismael.

Al inclinarse para tomar un vaso de la mesa, sus dedos rozaron el borde y, de forma intencional, dejó caer el vaso al piso.

—Crack—

El vaso de vidrio se estrelló contra el suelo de loseta, partiéndose en mil pedazos.

Ismael se levantó, ajustándose el pantalón, y se acercó para recoger los pedazos y ponerlos en la mesa de centro.

Justo cuando iba a advertirle que tuviera cuidado, levantó la vista y se topó directo con los ojos de Beatriz, llenos de una ternura inesperada. En ese instante, algo dentro de él se quebró por completo...

Historial de lectura

No history.

Comentarios

Los comentarios de los lectores sobre la novela: Ayer me despreciaste por coja, hoy me deseas por reina