Beatriz subió las escaleras pegadita a Rubén como si fuera su sombra.
Apenas iba a acercarse a él, cuando Rubén la frenó en seco con un tono cortante:
—Ve a cepillarte los dientes y date un baño.
Beatriz asintió y se metió al baño.
Se arregló rápido y, al salir, notó que Rubén ya no estaba por ahí. Murmurando para sí misma, se metió bajo las sábanas.
Apenas abrió WhatsApp para preguntarle a Luciana cómo le iba últimamente en el trabajo, le saltó una notificación de noticias.
[“El heredero de un hotel termina en el hospital por un juego peligroso.”]
Con solo leer el encabezado, Beatriz ya sabía a quién se refería.
Se puso a leer los comentarios y todos eran ataques directos contra Gregorio.
Cuando ya iba a salir de la aplicación, uno de los comentarios le llamó la atención:
[¡Eso es karma! ¿Acaso creen que es la primera vez que mete a alguien al hospital con sus jueguitos?]
Beatriz, intrigada, fue a su estudio con el celular, encendió la computadora y empezó a rastrear la IP del usuario que dejó ese comentario.
Descubrió que la autora era parte de la gerencia del hotel.
¿Había algún secreto detrás de todo esto?
Beatriz tomó una captura de pantalla y se la mandó a Liam.
Después apagó la computadora y volvió a la habitación. Al entrar, vio que Rubén ya estaba acostado, con el celular plegable abierto en la mano, revisando unos documentos con la mirada fija.
Beatriz se metió bajo las sábanas, se acomodó a su lado y lo miró con carita de buena. Dudó un poco antes de acercarse y darle un beso en la mejilla.
—¿Todavía huelo mal?
El señor Tamez ni levantó la vista del celular:
—Así que sabes que hueles mal.
—¡Pero la comida estaba deliciosa!
—Lo entiendo —respondió Rubén, como si fuera lo más normal—, pero a mí no me gusta.
—Entonces voy a comerlo todos los días, y ni siquiera me voy a cepillar los dientes después. ¡A ver si así se te quita lo delicado! ¿O qué, crees que soy Vanesa?
Entre broma y broma, Beatriz acomodó la almohada para acostarse bien. Apenas apoyó el codo para acomodarse, sintió cómo una mano la jalaba de la cintura…
Y la llevó directo a los brazos de Rubén.
—Tú viniste a curarme —murmuró él.
—Y más te vale que lo sepas —Beatriz le respondió con voz dulce, casi cantadita.
Rubén cambió de posición para abrazarla mejor. Sus labios cálidos rozaron el cuello de Beatriz, provocándole un cosquilleo que la hizo reírse y apartarse un poco.
—¿Qué pasó?
—Es mi tío.
Beatriz frunció el ceño:
—¿A estas horas? ¿Crees que sea algo grave?
Rubén pensó que Beatriz todavía veía a Edgar con buenos ojos. No sabía si sería algo urgente, pero estaba seguro de que, si contestaba, lo iban a regañar.
—Pues para que escuches lo urgente que es —murmuró Rubén, remarcando la palabra “urgente”.
Apenas contestó, la voz de Edgar tronó como latigazo:
—¡Rubén, desgraciado! Te tenía por mi compa y resulta que andas detrás de mi sobrina, ¿eh? ¡Seguro ya desde hace tiempo estabas pensando en...!
Beatriz se quedó muda.
—¡Plaf!
Rubén colgó la llamada de inmediato.
Beatriz miró el celular tirado y luego a Rubén.
—¿Así nada más lo cuelgas? ¿No es medio grosero?
—Si sigue gritándome, mejor que se le pase el coraje solo.

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Los comentarios de los lectores sobre la novela: Ayer me despreciaste por coja, hoy me deseas por reina