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Ayer me despreciaste por coja, hoy me deseas por reina romance Capítulo 505

—Él sí sabe. Cuando se quedaron con el Grupo Mariscal, movieron todos los hilos posibles y ocultaron la noticia para que tu papá no tuviera oportunidad de meter mano. Si de verdad tu papá hubiera regresado, el primero en caer habría sido él.

Beatriz dejó la frase en el aire, con media sonrisa torcida.

—Pero ahora… —Beatriz curvó los labios con desdén—. Está rodeado de problemas por todos lados, no puede ni respirar tranquilo. Tarde o temprano va a pasarle algo.

—¿Problemas? Yo más bien lo veo bien contento —replicó Luciana, señalando la televisión con el dedo.

En la pantalla, pasaba un comercial de casas inteligentes de Grupo Mariscal, todo sofisticado y reluciente.

Beatriz lo miró un rato, hasta que terminó el anuncio. Solo entonces, con calma fingida, tomó su vaso y bebió un sorbo de agua.

—Tiene una mujer fuera, embarazada de un niño. Ya le hicieron el ultrasonido y salió que es varón. Regina ya se enteró.

—¡No manches! —Luciana dio un salto, pasando de estar tirada en el sillón a quedar de rodillas, pegada al lado de Beatriz, tomándola del brazo—. ¡Cuéntamelo todo, no me dejes así!

En ese momento, Berta salió de la cocina con una charola llena de fruta y alcanzó a escuchar justo la última frase de Beatriz.

Todavía no procesaba lo que oía cuando Luciana le hizo señas.

—¡Ven, ven, que esto está buenísimo!

Beatriz relató lo de Lucas, resumiendo los hechos y saltándose, por supuesto, el detalle de que todo había sido movido por ella. Lo contó como si solo fuera una más del chisme, sin delatarse.

Berta, aun así, se quedó boquiabierta.

—¿A poco hay tanta casualidad en la vida?

—¿Destino, tal vez?

—¿Destino? ¿¡Cuál destino!? ¡Eso no pasa así nomás! —Berta negó, incrédula.

Luciana, sentada a un lado, miraba de una a otra, y soltó una risita.

—¡Ay, ya! ¿Y qué importa? A lo mejor es que no han cerrado su ciclo. Por algo siguen cruzándose, ¿no?

—Pues ojalá y sí, la verdad. Mientras más revuelto tengan el rancho, más me divierte. Entre más bronca, mejor.

—Mamá, ¿y tú de qué lado estás?

Berta la fulminó con la mirada.

—Soy tu mamá, ¿tú qué crees?

Sin más, le colocó la charola de fruta en las manos a Beatriz.

En esos días de principios de verano, el calor apretaba y lo único que se antojaba era salir a meterse a un centro comercial con aire acondicionado.

En el quinto piso del centro comercial, los restaurantes ofrecían comida de todos lados, con colores y olores que abrían el apetito.

Luciana eligió un restaurante de comida tailandesa. El mesero las condujo a su mesa, y justo cuando iban a sentarse, Beatriz notó a Regina con su hijo en una mesa cercana.

Se detuvo un segundo al acomodar su bolsa, mirándolos con los labios curvados en una sonrisa misteriosa. Solo después de observarlos un momento, se sentó con elegancia, cuidando que su falda se acomodara justo como quería.

Eligió un ángulo perfecto, cruzó la pierna y dejó al descubierto su pierna, que se movía perezosa bajo la luz especial del restaurante.

El efecto era imposible de ignorar.

Luciana hojeó el menú y, con una media sonrisa, llamó al mesero.

—Oye, ¿tienen patitas de pollo, de puerco, lo que sea? Si es de patas, quiero todo.

El mesero se quedó pasmado.

—Señorita, aquí… no tenemos eso.

—¿Y si te doy una lana extra, podrías ir a buscarme unas en alguna tienda del centro comercial? Aunque sea una orden para llevar, ¿sí?

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