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Ayer me despreciaste por coja, hoy me deseas por reina romance Capítulo 554

Beatriz ya le tenía bien medido el modo a Rubén.

Si le preguntabas si se podía o no, la única respuesta era “sí, se puede”.

Si le decías que no, ese hombre se iba a encabritar.

Seguro iba a hacer un berrinche.

Y después de eso, todavía había que andarlo apapachando para que se calmara.

Así que mejor dar la vuelta y recogerlo.

—Está bien, espérame ahí —contestó Beatriz.

Liam regresó con las bebidas, y Beatriz le dijo que fueran a Capital Futuro.

A Liam casi se le sale el alma del susto.

—¿Cómo que a Capital Futuro? Si de aquí a la casa es derecho, pero para allá es dar la vuelta y perder media hora.

—¿Y eso para qué? ¿Vamos a pasar por el señor Tamez o qué? ¿Acaso no tiene carro o chofer? ¿No podemos hacer algo más productivo?

—Mil pesos y te callas —le soltó Beatriz, sin parpadear.

Liam hizo una mueca larga y exagerada.

—...¡Gracias, jefa!

Ni cómo decir que no, si andaba corto de lana.

Beatriz ya le había quitado la tarjeta, y su mesada apenas le alcanzaba para sobrevivir.

—¡Rayos, qué vida la mía!

Pasar de tener millones ahorrados a recibir cinco mil pesos al mes... Eso sí que era una tortura.

A las ocho en punto, arrancó la segunda ola del tráfico nocturno en Solsepia.

Tuvieron que tomar un desvío y subir al puente principal de la ciudad.

Carros y más carros.

La fila parecía interminable.

El navegador no paraba de avisar: “Límite de velocidad setenta”. Liam, ya harto, apagó el audio y masculló con fastidio:

—Ya solo me falta bajarme y empujar el carro, ¿no te das cuenta? ¿Setenta? Si voy a vuelta de rueda.

Beatriz escuchaba sus quejas, sin decir ni una palabra.

Sabía que Liam tenía la boca más suelta que nada.

Por fin lograron salir arrastrándose del puente, pero apenas pensaban que iban a avanzar, ¡zas!, la avenida principal de la zona financiera estaba igual o peor atascada.

—¡No puede ser! Esto está más tupido que la espalda peluda de Andrés.

—Qué fastidio —le siguió Beatriz, entre risas.

No pudo evitar soltar una carcajada.

—Liam, hijo, ¿ya cenaste?

Beatriz, inclinándose hacia adelante, le pegó a Liam en el costado para que respondiera.

Liam, temblando, contestó:

—Sí... ya cené. ¿Qué necesitas?

—¿Tienes tiempo estos días? Quiero hacer tamales, y me gustaría que vinieras a casa a comer.

Liam apenas iba a decir que sí, solo para cortar la llamada rapidito.

Pero en cuanto vio los ojos de advertencia de Beatriz, se le heló la sangre y mejor se calló.

—No tengo tiempo.

—Bueno, entonces te lo digo por teléfono. ¿Todavía tienes dinero? La casa que compramos necesita arreglos, y me falta un poco, no es mucho, solo treinta mil pesos.

Beatriz soltó una risa incrédula.

Se llevó la mano al pecho y, respirando profundo, le soltó todo:

—Lea, en serio, si tuvieras tantita vergüenza no estarías molestando a Liam para pedirle dinero. Compraste una casa bien equipada, ¿y todavía la quieres remodelar? ¿Para qué? ¿Para convertirla en tu tumba? ¿No que querías una vida tranquila? ¡Pues vívela tranquila! Cuando decidiste dejar a tu hijo, ¿no pensaste en que ibas a terminar así?

—¿Treinta mil, no es mucho? ¡Entonces pídeselo a otra persona! ¿O es que ya te vale todo?

—Te lo advierto, el banco tiene registro de todas las transferencias. Los cincuenta mil que me debes, más te vale regresármelos, si no nos vemos en los tribunales.

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