Cuenta regresiva: tercer día.
Ismael había viajado hasta Toronto para recoger a Carlota. Incluso había rentado un avión privado para no llamar la atención.
Pensó que nadie se enteraría, que todo quedaría en secreto. Pero no esperaba lo que sucedió.
Apenas salieron del aeropuerto, los medios ya los tenían acorralados.
—Señor Zamudio, ¿por qué deja de lado el asunto de su esposa agredida para ir al extranjero a buscar a su exnovia? ¿Acaso planea divorciarse para volver con ella?
—Señor Zamudio, ¿está enterado de que el señor Olmos terminó con la mano fracturada?
—Señor Zamudio, si aún no se ha divorciado, ¿esto no sería una infidelidad reincidente?
Las preguntas de los reporteros caían como una tormenta.
Carlota, a un lado de Ismael, apretó el sombrero contra su cabeza, intentando ocultar su rostro de las cámaras.
Por fin, con ayuda del personal del aeropuerto, lograron subirse a los carros y, además, por separado.
Apenas cerró la puerta, Ismael se aflojó la corbata con gesto irritado.
—¿Cómo es que los medios sabían mi itinerario?
—Señor Zamudio, ya pedí que lo investiguen —dijo Izan, girando desde el asiento del copiloto para mirar a Ismael, sentado atrás—. En estos días que usted no estuvo, la familia Barrales vino a ajustar cuentas con el señor Olmos. Le destrozaron una mano y aún sigue internado en el hospital.
Izan dudó un instante, pero al final continuó:
—Y además...
—¿Qué pasó ahora?
—Los medios no dejan de señalar su actitud indiferente, diciendo que usted no le da importancia a lo ocurrido. Y los directivos más veteranos del consejo de la empresa han venido a buscarlo una y otra vez estos días.
No acababa de pasar una cosa, cuando ya otra peor se le venía encima.
Por toda la compañía circulaba el rumor de que, si uno descuida a la esposa, la fortuna se va.
—Cuídate y recupérate —soltó Ismael, distante.
La respuesta formal de Ismael dejó a Gregorio con el gesto torcido, pero al final, por los años de conocerse y porque la familia Zamudio estaba por encima de la suya, prefirió tragarse el enojo.
Entonces recordó lo que acababa de ver en las noticias.
—¿Carlota ya volvió?
Ismael frunció el entrecejo y asintió.
—Ismael, no voy a dejar pasar lo de Beatriz. No me importa si es tu esposa o no, no voy a perdonarla —le soltó Gregorio, con la mirada fija—. Antes, si ella seguía casada contigo, quizá me lo pensaba dos veces. Pero ahora que se divorciaron, la familia Zamudio ya no la va a proteger, y la familia Barrales está en otra ciudad. Si se arma algo, nadie podrá ayudarla a tiempo.
—¿Ahora vienes a pedirme permiso? —Ismael lo miró en silencio unos segundos y luego reviró—. ¿Desde cuándo eres tan considerado? ¿Te llegó algún chisme? ¿O ahora hasta quieres tantearme?
¿Desde cuándo Gregorio se portaba tan cortés? Siempre que se veía con Beatriz, delante o detrás de Ismael, la humillaba sin mirar a nadie.
—Si ya viste en las noticias que Carlota regresó, seguro también sabes cómo los medios me están destrozando. Cuando fuiste a golpear, ni pensaste en mí como amigo, ¿y ahora sí te preocupa mi opinión?

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Los comentarios de los lectores sobre la novela: Ayer me despreciaste por coja, hoy me deseas por reina