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Ayer me despreciaste por coja, hoy me deseas por reina romance Capítulo 63

—¿Y por qué tendríamos que ceder? ¿Por qué esa mocosa tendría el derecho de exigirnos que hagamos las paces?

Isabel no lograba entender la actitud de Orlando.

—¿Y Beatriz qué? ¿Por qué habría de importarnos?

—¿Por qué? Porque la familia Barrales ya intervino, ¿te parece poco? Ellos están en la política, nosotros en los negocios… ¿qué ganamos enfrentándonos a ellos? —La mirada de Orlando hacia Isabel venía cargada de un disgusto palpable—. ¿De dónde te sale ese aire de superioridad? Si no fuera porque esa muchacha se sacrificó para salvar a tu hijo y terminó así, ni siquiera se habría molestado en mirarlo.

—Ni tú ni tu hijo juntos han logrado manejar la situación como ella. ¿En serio crees que le interesa nuestra familia?

La verdad, la familia Zamudio tenía bastante peso en Solsepia; pero Beatriz, desde que era niña, siempre estuvo en la cima. Miraba a todos por encima del hombro, ni siquiera les prestaba atención.

Si no fuera por un giro inesperado del destino, ni remotamente habrían tenido oportunidad de estar emparentados con ella.

—Ya, deja de meterte en los asuntos de nuestro hijo. Si te la quieres pasar controlándolo todo, ¿qué sigue? ¿Vas a querer estar ahí cuando tenga hijos para hacerte cargo tú?

Orlando tiró la pieza del ajedrez en el tablero, dedicándole a Ismael una mirada significativa.

Él lo siguió hacia el despacho.

...

—Señorita, sí que lo adivinó. Carlota acaba de llegar.

Dentro de la casa, Beatriz estaba sentada junto a la ventana, dejando que el sol acariciara su piel mientras revisaba en su tablet cuánto avanzaba la remodelación de la casa que tenía en el extranjero.

Liam no pudo ocultar el entusiasmo.

—¡Vaya que sí! Usted lo predijo, y no se aguantó. Aquí está.

—Era lógico —comentó Beatriz con calma—. Después de fracasar allá afuera, ya se dio cuenta de que sin la protección de una familia poderosa no es nadie.

Se fue muy valiente, pero regresó igual de derrotada.

—Qué poca cosa… Tanta promesa de que iba a conquistar el mundo, y mírala, regresa entre las sombras, sin decir ni pío.

Liam chasqueó la lengua con desdén.

Beatriz soltó una risa suave.

—Llévame al jardín, y trata de no dejarla entrar, si puedes.

De pequeña, Carlota no tenía la misma suerte que ella. Aunque sus padres eran hermanos, la diferencia entre las dos familias era evidente.

Cada vez que Carlota quería algo que sus papás no podían comprarle, Beatriz se lo regalaba. Así, poco a poco, fue malcriando a esa niña hasta convertirla en alguien ingrato.

Y después de que Beatriz perdió las dos piernas, la primera persona que la llamó “lisiada” ante todos fue Carlota.

La acusó de haberle robado el amor de alguien, le gritó que una lisiada no tenía derecho a nada.

Parecía haber olvidado que esa “lisiada” fue, en su momento, alguien a quien ella misma admiraba.

Carlota recibió su ayuda, pero luego la apuñaló por la espalda.

—Hermana, sigues siendo tan generosa como antes.

—No es generosidad —corrigió Beatriz sin titubear—. Es que esas cosas, para mí, nunca tuvieron gran valor.

—Lo que para unos es basura, para otros es un tesoro.

—Siempre he respetado las decisiones de los demás. Así como en su momento respeté tu derecho a llamarme lisiada delante de todos.

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