Beatriz se volteó y lo abrazó, frotando suavemente la coronilla contra su barbilla, como si fuera una gatita.
—Perdón, te preocupé.
—¿Quieres comer algo primero?
—Todavía hay gente en la sala de juntas.
El señor Tamez frunció el ceño con fuerza.
—¿Cuánto te falta para terminar?
—No sabría decirte —Beatriz negó levemente con la cabeza—. ¿Quieres irte adelantando?
—Tengo que asegurarme de que desayunes. —Beatriz era una persona muy seria y terca. Como el Grupo Mariscal no se había conseguido fácilmente, su dedicación a los asuntos de la empresa ya rayaba en la obsesión.
Si no fuera porque Iris había venido, él ni siquiera se habría enterado de que saltarse comidas era algo normal para ella en la oficina.
Por mucho que él la cuidara y la alimentara en casa, no servía de nada si ella se malpasaba así en el trabajo.
La mirada de Beatriz se perdió por un instante.
Se escuchó un golpe en la puerta, y la voz de Iris resonó desde el umbral:
—Señorita Beatriz, las cosas se pusieron feas en la sala de juntas.
—Entendido.
Beatriz levantó la mirada y la cruzó con la de Rubén.
—¿Voy a ver qué pasa?
Lo dijo en tono de pregunta.
Tanto por el tono de la pregunta como por la emoción en sus ojos, era evidente que a Beatriz le importaban los sentimientos y la opinión de Rubén.
Había venido desde muy lejos, no estaba bien simplemente ignorarlo.
Sobre todo, porque había hecho un viaje tan largo solo para ver cómo estaba ella.
El señor Tamez asintió.
—Ve.
***
Apenas entró Beatriz a la sala de juntas, escuchó a Regina decir, con una furia apenas contenida:
—¿Y qué se cree ese Darío? ¿Quiere que le dé garantías? ¿Que le prometa cuántos resultados?



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