Un colega lo jaló hacia una computadora.
—Quería enseñártelo desde la mañana, pero pensé que seguro estabas descansando después de pasarte toda la noche arrestando gente, así que me aguanté.
»Mira…
Mientras hablaba, el rostro de Regina apareció en la pantalla.
En la conferencia de prensa, los medios le hacían preguntas incisivas. Ella respondía a algunas.
Unas respuestas eran genuinas, otras eran evasivas.
—Sigo pensando que a esta Regina le pusieron un cuatro. ¿No será que es una lucha de poder interna en su empresa y nos están usando como carne de cañón?
A Cristian se le encogió el corazón, temiendo que su colega pensara demasiado y descubriera a Beatriz.
Acercó una silla y se sentó a su lado.
—Eso no importa. Lo que importa es que hay pruebas de que cometió un delito.
»¿Qué ha dicho el jefe?
El colega bufó y miró a su alrededor para asegurarse de que nadie los escuchaba.
—¿Qué va a decir? Salió de viaje otra vez. Siempre hace lo mismo, como la última vez con el caso de Lucas.
«¿De viaje?».
Probablemente no fue idea del jefe, sino que alguien «lo mandó de viaje».
En cuanto a quién, Cristian pensó que no hacía falta ni preguntárselo.
El poder siempre será el poder.
No importa en qué posición te encuentres, siempre habrá alguien por encima de ti.
—No pienses tanto en eso. El jefe tendrá sus razones.
—Solo lo decía de pasada. Y hablando de cosas raras, llamé a la prisión para pedir el registro de visitas de Lucas de este último tiempo, y me dijeron que se había perdido.
»¿Cómo que se pierde algo así? ¡Es un error garrafal!
—Compañero, ¿acaso piensas denunciarlos? —preguntó Cristian con calma.
El colega soltó un «tsk».
—¿Quién no ha metido la pata en el trabajo alguna vez?
Cristian sonrió, le dio una palmada en el hombro y sacó su celular para pedir algo de comer.
Su colega, de memoria corta, olvidó el asunto en un instante y se puso a discutir con él sobre un nuevo restaurante que habían abierto y si la comida era buena o no.
***
¡Pum!
La puerta del despacho de Beatriz se abrió de golpe y un libro voló desde la entrada, aterrizando justo frente a ella.
Si no se hubiera apartado a tiempo, el libro le habría dado de lleno en la cara.
Gerente de Recursos Humanos. La mitad de las decisiones sobre quién entraba a la empresa pasaban por sus manos.
Y Beatriz, recién llegada al Grupo Mariscal, solo contaba con unas pocas personas de confianza. Si quería renovar por completo la compañía, lo primero que necesitaba era una gerente de recursos humanos que la obedeciera.
Y era evidente que Helena no era lo suficientemente obediente.
Dudaba, se balanceaba de un lado a otro.
Una veleta que se inclina hacia donde sopla el viento.
Se creía muy lista al elegir un camino en el que no ofendía a nadie, pero Beatriz ya le había tomado la medida desde hacía tiempo.
¿Qué clase de líder mantendría a su lado a una subordinada tan indecisa?
Con el incidente de Liam, la mala gestión de Helena quedó al descubierto.
Su caída era solo cuestión de tiempo.
Beatriz escuchó el análisis de Regina y una sonrisa se dibujó en sus labios.
Levantó las manos y comenzó a aplaudir.
El sonido de las palmadas resonó en el despacho, acompañado de los elogios de Beatriz.
—Qué inteligente es usted, señora Gómez.
***

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Los comentarios de los lectores sobre la novela: Ayer me despreciaste por coja, hoy me deseas por reina