—Tienes una semana para entregar tu puesto. Mañana a las ocho vendrá alguien a buscarte para que empieces con la transición.
Iris llegó a la puerta, pero recordó las instrucciones de Beatriz y giró lentamente sobre sus tacones.
—Helena, supongo que conoce los métodos de la señorita Beatriz. Cuando los dioses pelean, si un mortal sale herido, es porque se metió donde no lo llamaban.
—No te preocupes, Iris. No me atrevería a intentar ninguna treta.
En menos de una semana, Helena completó la entrega de su puesto.
Iris bajó personalmente para despedirla.
Antes de que se fuera, le entregó una carta de recomendación que colocó en su caja de pertenencias.
—Es el regalo de despedida de la señorita Beatriz para usted.
»La señorita Beatriz dice que usted es una persona talentosa y que merece un lugar mejor.
También era una recompensa de Beatriz por su sensatez.
Si durante este proceso de salida Helena hubiera mostrado la más mínima mala intención, esa carta nunca habría llegado a sus manos.
Desde la perspectiva de Iris, Beatriz se parecía cada vez más a Rubén.
Helena subió a su carro y, con el corazón en un puño, abrió la carta de Beatriz.
Vio la dirección de una empresa de tecnología.
Sacó su celular y la buscó en Google.
Descubrió que la empresa era una filial de Capital Futuro.
Casi al instante, la nube de preocupación que la había atormentado durante toda la semana se disipó.
Con la carta de recomendación en la mano, apoyó la cabeza en el volante y rompió a llorar de alegría.
Sacó su celular, abrió WhatsApp y le envió un mensaje a Beatriz: [Gracias, señorita Beatriz. Si en el futuro necesita cualquier cosa, haré lo que sea por usted].
***
En la oficina de la planta alta.
Beatriz dejó el celular sobre la mesa y apoyó la barbilla en sus manos entrelazadas.
La seriedad en su mirada no se desvanecía.
Después de un largo rato, soltó una risa repentina.
Así son las personas. Cuando todo va bien, si les ofreces ayuda, sienten que es algo que merecen.
Pero si les rompes una pierna y luego les das una muleta, te lo agradecerán eternamente.
Beatriz giró lentamente en su silla, dirigiendo la mirada hacia la ventana mientras hacía girar una pluma entre sus dedos. En sus labios se dibujaba una sonrisa fría y burlona.
***
A finales de septiembre.
El caso de Cristian contra Regina seguía avanzando.
Cuando Liam Ríos lo encontró, Ismael acababa de salir de un exclusivo club privado.
Acababa de atender a unos empresarios latinoamericanos.
Liam, vestido con unos shorts anchos, estaba en cuclillas en la acera fumando un cigarro, pensando en cómo acercarse.
Pero Ismael lo vio primero.
—¿Qué haces aquí?
»¿Qué nuevo juego se trae Beatriz entre manos?
Decir que estaba paranoico no era una exageración. Después de todo, Beatriz había puesto en su lugar a toda la familia Zamudio. Ahora que habían abandonado su territorio, que él apareciera por allí parecía una provocación, como si los estuviera persiguiendo para acabar con ellos.
—No se equivoque, señor Zamudio. Vine a buscar a alguien, no tiene nada que ver con usted.
Ismael frunció el ceño, sin creerle.
A sus ojos, Liam era tan despreciable como Beatriz.
Liam suspiró.
—De verdad, ¿por qué no me cree?
»Mire…
***

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Los comentarios de los lectores sobre la novela: Ayer me despreciaste por coja, hoy me deseas por reina