De vuelta a casa, se le cayó su dulce al suelo.
Beatriz la consoló, le dijo que no estuviera triste y le dio el suyo.
—Pero entonces tú te quedas sin nada, ¿qué vas a hacer? —le preguntó.
—Eres mi prima, es mi deber cuidarte —respondió Beatriz en aquel entonces.
De niña, la quería mucho. Quizás porque era obediente y le gustaba seguirla a todas partes. Porque cuando estaba con ella, siempre comía cosas ricas y vestía ropa bonita.
Pero poco a poco, con el tiempo y las personas que conoció, esa inocencia infantil se fue convirtiendo en una malicia infinita.
La competencia y las comparaciones se volvieron la norma.
Y su ambición creció sin límites…
***
En la sala de juntas del Grupo Mariscal.
Beatriz, de pie en la puerta, observaba a Cristian, que estaba junto a la ventana con su uniforme.
El sol se estaba poniendo, tiñendo el cielo con una larga cinta de color amarillo anaranjado.
En Solsepia, después de octubre, la noche llega temprano.
Apenas eran las cinco y media, pero ya se vislumbraba la oscuridad.
Quizás su mirada fue demasiado evidente, porque Cristian se giró ligeramente.
En el instante en que sus ojos se encontraron, Cristian habló:
—Señorita Beatriz.
Ella sonrió y se acercó a él.
—¿Qué mira, oficial Salgado?
Cristian se giró por completo, con la vista fija en el trozo de cielo que se asomaba entre los rascacielos.
—Siempre pensé que en Solsepia no había atardeceres.
—La comisaría está atrapada entre edificios, es normal que no los vea. Si quiere verlos más a menudo, puede venir cuando quiera.
Beatriz se sirvió un vaso de agua de la barra.
Justo cuando iba a llevárselo a los labios, escuchó la voz inquisitiva de Cristian desde la ventana.
—Entonces, ¿es esta la razón por la que luchó con todas sus fuerzas para llegar a la cima, señorita Mariscal?
Esa pregunta, que no era precisamente amable, hizo que Beatriz bajara el vaso lentamente.
Lo miró directamente a los ojos y esbozó una sonrisa.
—No del todo, pero tampoco lo niego.
—Mis padres disfrutaban de esta vista. Yo no puedo aspirar a menos que ellos. Después de todo, el alumno debe superar al maestro.
—Y en cuanto a la razón que usted menciona, oficial Salgado, simplemente estoy recuperando lo que me pertenece. ¿Acaso necesito una razón para eso?


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Los comentarios de los lectores sobre la novela: Ayer me despreciaste por coja, hoy me deseas por reina