—¡Beatriz, no puedes faltar a tu palabra, me lo prometiste!
El grito de Carlota resonó a sus espaldas.
Beatriz se giró ligeramente, mostrándole un perfil afilado y elegante, y respondió con frialdad:
—Señorita Mariscal, rezar no sirve de nada si solo lo haces cuando el agua te llega al cuello.
Dentro de la oficina, Carlota se apoyaba en el suelo con dificultad, arrastrándose con las manos.
Intentaba llegar a la puerta para discutir con Beatriz.
Pero al moverse, los fragmentos de vidrio se le clavaron en las palmas, y el dolor la dejó paralizada por un buen rato.
Cuando Iris entró, siguiendo las órdenes de Beatriz, lo que vio fue a una joven con ambas piernas amputadas, arrodillada en el suelo y avanzando apoyándose en las manos.
La escena le recordó su infancia, cuando estudiaba en el pueblo. En la esquina de su casa, siempre había un hombre discapacitado acurrucado en el suelo con un tazón de acero inoxidable, pidiendo limosna a los transeúntes.
Le daba lástima, y muchas veces le compartía la mitad de su desayuno.
Y ahora, Carlota no era muy diferente de aquel hombre.
Derrotada, desolada, como si le hubieran arrancado el alma.
Iris ocultó la pizca de compasión en sus ojos, se acercó, recogió las prótesis y las dejó al lado de Carlota.
Tenía heridas donde se conectaban las prótesis; lo mejor sería no ponérselas.
Pero Iris sabía que lo haría.
Era una cuestión de dignidad.
—Señorita Mariscal, ¿de qué sirve todo esto? La justicia tarda, pero llega. Como adultos, debemos admitir nuestros errores y afrontar las consecuencias. Arrodillarse no va a cambiar la ley. Si la señorita Beatriz la perdonara, estaría traicionando la memoria de sus padres.
—¿Por qué insiste en ponérselo tan difícil?
El tono de Iris era tranquilo.
La ayudó a sentarse en un sofá cercano.
No dijo nada más, ni salió de la oficina. En cambio, se dirigió a la puerta y se quedó de espaldas a ella.
Dándole a Carlota un respiro y tiempo para recuperar su dignidad.


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Los comentarios de los lectores sobre la novela: Ayer me despreciaste por coja, hoy me deseas por reina