—¿Qué pasa? Desde que subiste al carro, no tienes buena cara.
En el Bentley, Rubén miraba por la ventana, perdido en sus pensamientos.
Solo cuando escuchó la pregunta de Beatriz, desvió lentamente la mirada hacia ella.
—No es nada —respondió. Tras esa breve explicación, el silencio reinó durante el resto del camino.
Beatriz no sabía qué estaba pensando. ¿Cómo podía ser que alguien que estaba perfectamente bien durante la cena, de repente se quedara tan callado?
Al llegar a la villa de la Montaña Esmeralda, Beatriz conversó un poco con Valeria y luego subió a tomar un baño.
Mientras tanto, en el estudio, Rubén estaba de pie frente al ventanal. Andrés, detrás de él, le informaba con cautela y detalle el itinerario de Beatriz de ese día, incluyendo la hora y el lugar de su encuentro con Ismael.
—Fueron doce minutos en total, hablaron muy poco. Estaban en una cafetería. La foto se tomó cuando un mesero estuvo a punto de chocar con la señora y derramarle una taza de café, e Ismael extendió la mano para protegerla.
—Después de eso, la señora regresó a la empresa.
Andrés se centró en lo importante, asegurándose de que sus palabras no dieran lugar a malentendidos.
Al fin y al cabo, solo fue un encuentro. Aunque fuera con su exmarido, en un lugar público, ¿qué podría pasar en apenas diez minutos?
Pero eso no podía decirlo.
Si lo decía, sería como darle lecciones al jefe.
¿Insinuar que era un paranoico… o un controlador?
Ya habían discutido por algo similar.
Apenas se habían reconciliado y ya surgía otro problema.
Una tormenta tras otra.
—¿Y las cámaras de seguridad?
Andrés le entregó la tableta que tenía en la mano.
¿En qué momento se encendió la furia de Rubén?
Probablemente, cuando vio que Beatriz le había colgado el teléfono.
Cortó la llamada sin pensarlo dos veces. Él se preocupaba por ella, pensaba en ella, ¿y ella qué?
—¿Cuándo regresó Ismael?
—El señor Zamudio aterrizó en Solsepia hoy a las once y media de la mañana. Salió del aeropuerto y fue directamente al Grupo Mariscal. Aún no ha comprado su boleto de regreso.
Es decir, que en cuanto bajó del avión, fue a buscar a Beatriz.
Un torbellino de emociones se agitaba dentro de Rubén. Las preguntas acusadoras llegaron a sus labios, pero dieron un giro.
—Yo lo hago.
Ella salió de la tina, se soltó el cabello y comenzó a secarse las puntas húmedas.
Mientras se secaba el pelo de lado, la mirada de Beatriz se posó en él de forma casi imperceptible.
—No estás bien. ¿Hice algo que te molestara?
Rubén rio suavemente, le quitó la toalla de las manos y empezó a secarle el cabello.
—Y tú, Bea, ¿has hecho algo que pudiera molestarme?
«¿Está poniéndome a prueba?».
Beatriz forzó una leve sonrisa.
—¿Y tú qué crees? ¿Lo he hecho? —le devolvió la pregunta.
Rubén la miró con una sonrisa, pero sus ojos estaban tranquilos, sin el cariño habitual.
Esa mirada hizo que Beatriz se sintiera como una niña que acaba de decir una mentira y ha sido descubierta por sus padres.

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Los comentarios de los lectores sobre la novela: Ayer me despreciaste por coja, hoy me deseas por reina