Cada quien tenía su propia versión de la historia.
Desde su propia perspectiva, cada uno era siempre la víctima.
En esta vida, pocas personas logran amar a alguien según los deseos del otro.
Ni siquiera alguien tan poderoso como Rubén podía hacerlo.
Los gritos no cesaban en la habitación.
Afuera, Vanesa tiraba de la manga de Joaquín Tamez, mirándolo con algo de cautela.
Joaquín se encogió de hombros con impotencia.
—No puedo hacer nada.
—Si siguen discutiendo así, ¿no crees que pase algo malo?
Vanesa tenía un poco de miedo. Solían discutir, pero nunca había visto a su tía tan furiosa.
¿Qué había pasado hoy?
¿Será que era cierta esa frase de que en un matrimonio, cuando la persona que siempre aguanta deja de hacerlo, es señal de que todo está por desmoronarse?
—Ojalá estuviera la abuela —dijo—. Un mayor podría entrar a calmarlos.
Si ellos entraban ahora, lo más seguro es que su tío los sacara a patadas.
Dentro de la habitación, Beatriz estaba sentada en la cama, con el rostro pálido por la ira y la respiración entrecortada.
Se llevó una mano al pecho, suspiró profundamente y apartó la vista de Rubén para poder calmarse un poco.
Al verla así, Rubén dio un paso adelante, preocupado.
Intentó ayudarla a levantarse.
Pero Beatriz le apartó la mano de un manotazo.
Ese breve momento de debilidad fue rechazado sin piedad, y la furia que apenas había comenzado a disiparse en el rostro de Rubén volvió a encenderse.
La guerra estaba a punto de reanudarse.
Mientras ambos se mantenían en un tenso silencio, sonó el celular de Beatriz en la mesita de noche.
En la pantalla brillaba el nombre de Liam.
Beatriz tardó un segundo en reaccionar, y para cuando lo hizo, Rubén ya había tomado el teléfono.
—¡Devuélvemelo! —gritó ella.
Rubén contestó la llamada y la voz de Liam se escuchó al instante.

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Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: Ayer me despreciaste por coja, hoy me deseas por reina