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Ayer me despreciaste por coja, hoy me deseas por reina romance Capítulo 771

—Señor, ¿ya regresó? ¿Ya desayunó?

Valeria no podía estar más contenta de ver a Rubén de vuelta. La separación de ambos por su pelea la tenía con el alma en un hilo, sin saber qué hacer.

Uno era más terco que una mula y la otra, más cerrada que una ostra.

Ni un milagro podía arreglar eso.

—Todavía no —respondió Rubén con un tono neutro.

Aunque sus palabras eran para Valeria, su mirada estaba clavada en Beatriz.

Ella, al verlo llegar, se mantuvo impasible.

Siguió desayunando como si nada, con la misma calma con la que sostenía la cuchara.

Su cuello, pálido y delicado, permanecía inclinado sobre el plato, sin molestarse en levantar la vista.

Era como si la persona que acababa de entrar fuera invisible, como si no tuviera nada que ver con ella.

Quizás fue por el silencio de Beatriz, pero el ambiente en el comedor se volvió pesado.

Valeria le lanzó una mirada a Luciana, que seguía parada en su sitio sin saber qué hacer. Esta captó la indirecta de inmediato, inventó una excusa y salió del departamento con su bolsa en mano.

Ya en el pasillo, junto al elevador, soltó un suspiro profundo, como si apenas pudiera volver a respirar.

¡Ay, Dios mío!

Qué situación.

Se sentía como una ladrona huyendo de su propia casa.

Poco después, Valeria le sirvió el desayuno a Rubén y, con el pretexto de ir a comprar algo para la comida, también se fue.

***

Casi daban las nueve y media. A esa hora, Beatriz normalmente ya se habría ido a trabajar.

Pero hoy, por la visita inesperada de Rubén, seguía en casa.

Terminó de desayunar, tomó una servilleta de papel y se limpió la boca con cuidado.

Fue entonces que sus ojos se posaron en Rubén.

Al levantar la cara, sus miradas se encontraron. Beatriz sintió un vértigo que la arrastraba hacia abajo, una corriente que le robaba el aire y le debilitaba la respiración.

Hacía más de diez días que no lo veía. Seguramente había pasado la noche en el avión, porque se veía algo desaliñado y cansado.

Una sombra de barba de un par de días le cubría la mandíbula, restándole la pulcritud de siempre.

Había pasado casi medio mes desde su pelea.

En esos días, no hubo ni un mensaje, ni una llamada. Se habían convertido en dos extraños viviendo en universos paralelos.

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