Ya ni siquiera quería beber el agua.
—Me voy a la oficina.
—Te llevo.
—No es necesario, yo me voy en mi carro.
«¿En su carro?».
El señor Tamez frunció el ceño y la siguió hacia la puerta.
—¿No tienes un chofer asignado?
—Es un lujo que no me puedo dar.
Justo cuando las puertas del elevador se abrían, Rubén la tomó del brazo.
—Beatriz.
La puerta metálica se deslizó suavemente, revelando el rostro de un vecino del piso de arriba. Las palabras que Rubén estaba a punto de decir se quedaron atoradas en su garganta.
Su educación, su formación y el entorno en el que había crecido le habían enseñado una cosa: la ropa sucia se lava en casa.
No aflojó ni un poco la mano que sujetaba el brazo de Beatriz.
El vecino los miró con extrañeza.
—¿Van a bajar?
—Nosotros no, gracias.
—¡Sí, vamos!
Los dos hablaron casi al mismo tiempo.
El vecino se quedó desconcertado.
—Oigan… ¿por qué no mejor esperan el siguiente? Es que se me va a hacer tarde para el trabajo.
Ni viviendo en un departamentazo de lujo te salvas de la friega del trabajo.
Al final, todos éramos simples mortales con horario de oficina.


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Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: Ayer me despreciaste por coja, hoy me deseas por reina