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Ayer me despreciaste por coja, hoy me deseas por reina romance Capítulo 791

Gaspar salió del elevador y todavía no terminaba de asimilarlo.

Tanto que jaló a Liam del brazo.

—¿Qué quisiste decir con eso?

—¿Tanto estudiar te atrofió el cerebro? Si vas a usar a otros para que te resuelvan un problema, tienes que darles un problema que resolver, aunque tengas que inventarlo. Hay que tener maña, ¿entiendes?

—Dicen que para los negocios no se puede ser bueno, ¿pero por qué tú eres tan inocente? ¿Leíste demasiado el código penal? ¿Te dio miedo?

Gaspar entendió.

¿Así que se trataba de meter el pie?

—¿No será que a ti te falta un poco de conciencia legal?

Liam soltó un bufido.

—¿Y a ti te parece que ellos la tienen?

—A mí me faltará un poco, pero otros de plano no tienen nada. ¿Acaso crees que se puede jugar con reglas contra gente que no las respeta? Es como pedir que te agarren a golpes.

Gaspar subió al carro y, sentado en el asiento del copiloto, se abrochó el cinturón de seguridad. Luego, dijo con un tono profundo:

—Con razón Iris dijo lo que dijo de ti…

—¿Qué dijo de mí?

Gaspar respondió:

—Nada.

La mano de Liam, que sostenía el volante, se aflojó lentamente. Lo miró con una cara de fastidio.

—Cuidado con dejar las cosas a medias, que luego se te regresa.

Gaspar lo miró de reojo y vio su expresión resentida, como si lo estuviera viendo el fantasma de una mujer que murió injustamente.

Se frotó el entrecejo.

—Dijo que tienes tus mañas.

Liam:

—…

***

Al quinto día de Beatriz en el hospital, cuando el doctor le dijo claramente que ya podía ser dada de alta, no aguantó ni un segundo más.

Le pidió a Valeria que empacara todo para irse a casa.

Al departamento de Luciana.

Valeria intentó convencerla:

—El departamento de Luciana es muy chico. Ahorita que mis tíos están por volver, se van a apretar mucho. ¿Por qué mejor no regresas a la Villa de la Montaña Esmeralda? Allá estarías más cómoda.

A Beatriz no le gustó la idea y, haciendo un puchero, miró a Berta.

Berta le acarició el brazo.

—Quédate donde tú quieras.

Con la mirada, le indicó a Valeria que ya no insistiera.

El día que le dieron el alta, Liam pasó a recogerlas. Mientras manejaba hacia el departamento, su mirada se desviaba con frecuencia hacia el Bentley negro que los seguía.

«¿Para qué tanto show?», pensó. «Si sabía cómo iba a terminar todo, ¿para qué lo hizo en primer lugar?».

Beatriz regresó al departamento y Valeria también se quedó. Venía durante el día, preparaba la comida y luego regresaba a la Villa de la Montaña Esmeralda, simplemente porque en el departamento no había dónde se quedara.

Viernes.

Al atardecer.

Cuando Beatriz volvió de la oficina, Berta y Valeria acababan de llegar del mercado.

En la cocina, una olla de barro cocinaba a fuego lento un guiso de costillas con champiñones, y el aroma inundaba todo el lugar.

Se cambió de ropa y, al salir, Berta se le acercó para proponerle algo.

—Bea, ¿qué te parece si le decimos a Rubén que venga a cenar esta noche?

Beatriz se quedó helada.

Antes de que pudiera responder, Berta continuó:

—¿Y de comer? ¿Ha comido bien?

—El doctor nos dio indicaciones, ¿no? Que coma lo que se le antoje, sin restringirla mucho. Come lo que quiere y en las mismas cantidades de siempre.

La expresión de Rubén se relajó un poco.

Justo antes de irse, le pidió a Andrés que entrara. Llevaba unos regalos y varias bolsas de marcas de lujo muy reconocibles, que no parecían algo que hubiera sacado de la cajuela al azar, sino más bien algo preparado con esmero.

Berta miró a Rubén con sorpresa.

—¿Y esto?

—Ha sido mucho trabajo para usted cuidar de Beatriz todo este tiempo. No sabía cómo agradecérselo, así que elegí algunos regalos.

—Esto es demasiado valioso —dijo Berta, que con solo ver las cajas de lujo sabía que todo aquello costaba una fortuna.

—Es lo que se merece. Usted vino desde el norte solo por nosotros, y ya me sentía muy apenado. No debería darle solo cosas superficiales como estas, pero últimamente toda mi atención ha estado en Beatriz y no he tenido cabeza para pensar en otra cosa. Espero que no le moleste.

«¿Que si me molesta?», pensó Berta.

Con lo que costaba todo eso, bien podría comprarse un departamento pequeño en Solsepia.

Era una fortuna, no se atrevería a despreciarlo.

—Voy a ver a Beatriz.

En cuanto Rubén habló, Berta se guardó las palabras que estaba a punto de decir.

—Espera un momento…

Entró a la cocina y salió con un tazón de peras cocidas en almíbar.

Rubén tomó el tazón y caminó hacia la puerta del estudio.

Estaba a punto de tocar, pero al levantar la mano, los nudillos se le quedaron congelados en el aire al escuchar las voces que venían de adentro.

—Si no funciona, pues que se divorcie y ya. Hoy en día, la tasa de divorcios está por los cielos, no es como que yo sola pueda cambiarla. El matrimonio es como un contrato: si funciona, bien; si no, también.

—¿Y qué si ya hay hijos? Hay muchísimas mujeres que deciden ser madres solteras, no sería la única.

—Nadie se casa con toda la ilusión del mundo pensando en que todo se va a ir al diablo, pero cuando llegas a ese punto, pues ya ni modo…

***

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