—Es normal que las parejas peleen. ¡Tu tío y yo hasta nos llegamos a golpear cuando éramos jóvenes!
Berta comenzó a contarle sobre sus experiencias con Edgar.
Habló de cuando estaba embarazada y Edgar se la pasaba de fiesta en fiesta con sus amigos, llegando a casa a menudo apestando a alcohol.
—Yo estaba justo en el segundo trimestre, con las hormonas a flor de piel. Apenas había superado la etapa de las náuseas y empezaba a sentirme un poco mejor. Además, el clima estaba horrible y yo me la pasaba encerrada en casa, sin salir para nada. Me sentía asfixiada. Y mientras, tu tío, libre, feliz y campante. Cada vez que lo veía llegar de una reunión con sus amigos, más coraje me daba. Una noche ya no aguanté más, le rompí una botella en la cabeza y tuvieron que darle seis puntadas.
—Después de pegarle, casi me muero del susto. En plena madrugada, agarré el carro y me fui a mi casa. Tu tío, preocupado de que me pasara algo, me vio salir corriendo con mi panza en medio de la nieve y se subió a su carro. Con la cabeza sangrando, empezó a perseguirme. Y entre más me perseguía, más miedo me daba, y entre más miedo, más le pisaba al acelerador.
Beatriz se rio, sorprendida de que tuvieran una historia así.
—¿Y de qué tenías miedo?
Berta se enderezó.
—¡Pues de que me pegara!
—Es un hombretón, podría haberme aplastado como a una mosca en cualquier momento.
Beatriz sintió un escalofrío al recordar de golpe la escena en el elevador.
Sus dedos, apoyados en sus rodillas, se curvaron ligeramente.
—Mi tío no es esa clase de persona.
—En ese entonces apenas llevábamos un año de casados. No lo conocía tan bien, ¿cómo iba a saber qué clase de persona era?
—En nuestros tiempos no había tanta libertad. Nos veíamos un par de veces antes de la boda y ya. La persona que te tocaba era cuestión de suerte.
Las dos siguieron platicando hasta que se escuchó un ruido en la entrada.
La figura de Rubén apareció en la puerta.
Berta, al verlo, se acercó a recibirlo, tomó las cosas que traía y le susurró:
—Bea dijo que vuelve a la Villa de la Montaña Esmeralda. Hablen con calma.
El corazón de Rubén dio un vuelco. Se lavó las manos en el baño de visitas y, al salir, se sentó al lado de Beatriz y le preguntó con voz suave:
—¿Tienes hambre?

VERIFYCAPTCHA_LABEL
Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: Ayer me despreciaste por coja, hoy me deseas por reina