A las once.
El sonido del motor de un carro resonó en el patio de la Villa de la Montaña Esmeralda.
Vanesa todavía no se dormía; estaba aplicándose una mascarilla.
Al escuchar el ruido, se asomó por la cortina.
A lo lejos, vio a Rubén ayudando a Beatriz a bajar del carro.
Se quedó con la boca abierta, se arrancó la mascarilla de un tirón…
Y corrió a tocar la puerta del cuarto de sus papás.
—¡Papá, mamá…!
—¿Qué quieres? —El golpeteo insistente irritó a Mohamed, quien abrió la puerta y la regañó de mal humor.
Vanesa señaló hacia abajo.
—El tío y la tía ya regresaron.
Serena estaba a punto de ponerse crema en la cara, pero al escuchar a Vanesa, simplemente se la frotó en las manos.
En pijama, pasó junto a Vanesa y bajó directamente las escaleras.
—Cuñada.
Beatriz fue la primera en saludar.
Serena, mientras bajaba, preguntó:
—¿Por qué regresan a estas horas? ¿Rubén te despertó?
—No, ya me había despertado.
Serena le tomó la mano y la observó de arriba abajo.
—Estás más delgada y te ves pálida.
Luego, añadió como experta:
—El primer trimestre es un poco pesado. Ojalá que el bebé se porte bien y no te dé mucha lata.
Mohamed, al ver a Serena platicando con Beatriz, rodeó a Rubén con el brazo por el cuello y lo llevó al comedor.
Mientras se servía agua, le preguntó:
—¿Ya la contentaste?
—No del todo —Rubén era consciente de que, aunque Beatriz había regresado con él, todavía estaban a años luz de haberse reconciliado.
Mohamed lo miró con cierto desdén.

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Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: Ayer me despreciaste por coja, hoy me deseas por reina