Mientras Beatriz escuchaba, su ceño se fruncía cada vez más.
Se inclinó para observar la expresión del hombre, pero su vista se posó en sus tenis descoloridos y gastados. La camisa tipo polo que llevaba estaba limpia, pero se notaba que tenía muchos años.
Beatriz retiró la mirada lentamente.
—No puedo tomar decisiones sobre los asuntos de Capital Futuro, pero le comentaré su situación a mi esposo cuando regrese.
—¿Acaso ser una gran empresa les da derecho a pisotear a los demás? —exclamó Esteban, alterado. Se aferró al respaldo del asiento, intentando acercarse a Beatriz para discutir, pero Liam lo detuvo con firmeza.
—¿Quién le dijo que era Capital Futuro?
Esteban dio un nombre: —Mauricio.
Beatriz buscó el nombre en Google en su celular y se lo mostró a Esteban.
—¿Es él?
—Sí.
—Liam, investígalo —ordenó Beatriz, y luego añadió—: Detente y déjalo bajar.
—Señora Tamez… —dijo Esteban, claramente reacio a bajarse del carro.
Beatriz ignoró su vestimenta y lo miró directamente a los ojos.
—Señor Gómez, tengo curiosidad. Esta mañana cambié de carro. ¿Cómo es que logró encontrarme con tanta precisión?
»Usted también es empresario, señor Gómez. ¿No teme que lo estén utilizando? No creo que necesite que le explique que actuar precipitadamente en una crisis solo trae más problemas, ¿o sí?
Las palabras de Beatriz le provocaron un escalofrío a Esteban, quien se quedó en silencio al instante.
Beatriz sonrió levemente.
—Piénselo bien. ¿Quién lo incitó a hacer esto?
—Mi jefa dijo que preguntaría al llegar a casa, y lo hará. No se preocupe, señor Gómez.
—Gracias.
—Y usted, señor Gómez, tenga cuidado de que no lo utilicen. El mundo de los negocios es un campo de batalla. Si alguien quiere usar el nombre de Capital Futuro para apoderarse de su empresa, seguramente intentará otras maniobras. ¿Ha pensado qué habría pasado si hoy, en lugar de mi jefa, en el carro hubiera estado el señor Tamez? ¿Cuáles habrían sido las consecuencias de su arrebato?
El corazón de Esteban dio un vuelco. Murmuró para sí:
—Quería perjudicarme…
—¿Quién? —insistió Liam.
Esteban parecía querer hablar, pero el miedo lo paralizó. Negó con la cabeza.
—Nadie.
Liam chasqueó la lengua. Era un hombre peculiar. En el carro, no había dudado en delatar a la persona que le había dado la información, pero ahora se negaba a decir más. ¿Lealtad o cobardía?

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Los comentarios de los lectores sobre la novela: Ayer me despreciaste por coja, hoy me deseas por reina