Liam intentó sonsacarle algo más un par de veces, pero se dio cuenta de que no obtendría nada.
Se despidió con un simple “cuídese” y volvió al carro.
El vehículo negro se alejó a toda velocidad.
—Le pregunté, pero no dijo nada. Supongo que todavía tiene sus reservas.
—Lo sabremos cuando investiguemos. Primero, averigua quiénes son los competidores de Mauricio.
»Y también investiga a Lea. No creo que sea una simple coincidencia.
Liam bajó la mirada y asintió.
Afuera, la nieve caía con más fuerza, cubriendo todo con un manto blanco. El invierno en Solsepia había llegado de golpe, sin dar tiempo a prepararse.
Mientras se dirigían a la villa de la Montaña Esmeralda, Beatriz recibió una llamada de Rubén. Su voz era cálida y serena.
—Está nevando mucho, ¿ya vienes a casa?
—Estoy en camino.
—Bien, con calma, no hay prisa.
Conversaron un poco. La mayoría de las preguntas las hacía Rubén y ella respondía. Primero le preguntó cómo se sentía, luego qué le apetecía cenar.
Después de contestarle, Beatriz dijo:
—Señor Tamez, hace un momento un hombre me encontró y me dijo que Capital Futuro quiere comprar su empresa.
En el último piso de Capital Futuro, Rubén, que se disponía a apagar su computadora para irse, se detuvo en seco al escuchar las palabras de Beatriz. Una sombra de ira cruzó su rostro. Que se atrevieran a molestar a su esposa con esos asuntos…
—Tú ve a casa y descansa temprano.
—¿Y tú? —preguntó Beatriz, casi por inercia.
Rubén soltó una risa suave. Aunque sabía que la pregunta de Beatriz era más por cortesía que por un interés genuino en él, no pudo evitar sonreír. Fue una risa de pura alegría.
—Tengo que ocuparme de algo. Es posible que esto tenga que ver con mi hermano.
—Ah —respondió Beatriz—. Ten cuidado.
Esa noche, cuando Beatriz se fue a dormir, Rubén aún no había regresado.
Pasada la medianoche, la nieve en Solsepia había cubierto todo con una gruesa capa. Los arbustos frente al anexo se doblaban bajo el peso de la nieve. Rubén, vestido con un abrigo largo, estaba de pie en el patio, inmune al frío penetrante. Su abrigo oscuro debería haberse fundido con la noche, pero sobre el blanco inmaculado de la nieve, su figura se destacaba aún más. Parecía una deidad, observando con desdén al hombre que yacía en el suelo, atado y escupiendo sangre. Sus ojos eran fríos, desprovistos de cualquier emoción. Se acercó, sus pasos crujiendo en la nieve.
—Qué agallas. Atreverse a infiltrar a alguien en mi villa.

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Los comentarios de los lectores sobre la novela: Ayer me despreciaste por coja, hoy me deseas por reina