Beatriz se quedó de una pieza. Luciana, por su parte, guardó silencio.
—Justo antes de venir a buscarte, tuve que ir a sacarla de la puerta de la casa de Ireneo. Fue a buscarlo y el tipo ni siquiera la dejó entrar. ¡Qué vergüenza! Te lo dije mil veces, Ireneo es un genio en los negocios, pero eso no significa que sea una buena persona. El tipo no quiere casarse, y si sale contigo es solo por diversión. Pero tú insistes en pegártele como una lapa.
—¿Y cómo sabes que yo no estoy jugando también?
—¿De verdad crees que no me doy cuenta? —la regañó Liam—. ¿A quién quieres engañar? ¿Ahora resulta que te vas a poner la etiqueta de rompecorazones? ¿O es que en el laboratorio te encurtieron el cerebro en formol?
Liam estaba a punto de estallar. La vida privada de Ireneo era un desfile de conquistas. Como director ejecutivo de Capital Futuro, lo último que le faltaba eran distracciones. ¿Y Luciana? Encerrada en su laboratorio, su vida era monótona y predecible, desesperada por algo nuevo que estimulara su mente aletargada. Y, por azares del destino, Ireneo se convirtió en ese estímulo.
Primero la llevó a la cancha a ver jugar a los chicos guapos, luego a un club nocturno a ver modelos masculinos y después a pescar en altamar con más chicos guapos. Todas eran actividades que haría con cualquier amigo, pero Luciana cayó redondita.
Antes de las vacaciones, había querido contárselo a Beatriz, pero el trabajo se interpuso y lo olvidó. Y ahora, al volver, ya era demasiado tarde. La situación se había salido de control.
—¡A ti qué te importa si soy una rompecorazones o si solo estoy jugando! ¿Por qué te metes tanto?
—¡Qué valiente! ¡Qué audaz! Casi te aplaudo. Si no quieres que me meta, ¡entonces no me llames en plena madrugada para que vaya a recogerte! —exclamó Liam, furioso. Aprovechando un semáforo en rojo, se giró hacia Beatriz—. ¡En plenas fiestas! Fue a buscar a Ireneo, y quién sabe qué pleito tuvieron, pero el tipo la dejó tirada en la carretera costera. En pleno invierno, con el viento helado soplándole en la cara, y ella con un simple abrigo, hecha un ovillo en la orilla del camino como un perro abandonado.

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Los comentarios de los lectores sobre la novela: Ayer me despreciaste por coja, hoy me deseas por reina