Luciana suspiró, resignada.
—De verdad, solo quería un poco de emoción para mi vida aburrida. Estimular mi cerebro me ayuda a tener más éxito en mis experimentos.
»Estaba bloqueada, ¿entiendes? —se apresuró a explicar—. Como esos escritores que, cuando se quedan sin inspiración, buscan un amante para encontrarla.
»Pero yo estoy soltera, así que mi caso es mejor. A lo mucho, se podría decir que ando de coqueta, pero no es una infidelidad, ¿o sí?
Luciana seguía justificándose, pero Beatriz la miraba con una expresión impasible. Cuando por fin se calló, Beatriz fue directo al grano:
—¿Se acostaron?
Liam soltó una risita burlona.
—¿Hace falta preguntar? Si no, ¿dónde estaría la emoción?
Luciana, incapaz de mirar a Beatriz a los ojos, se rascó la nariz, avergonzada.
—Pues sí, y qué. Somos adultos, es solo sexo, nadie salió perdiendo. Y la verdad, es bastante bueno en lo que hace. Al menos tiene una gran vocación de servicio.
»Ay, no te preocupes, no voy a cometer la tontería de embarazarme. Él no quiere casarse, y yo lo tengo muy claro, ¿de acuerdo?
Al ver el rostro serio de Beatriz, Luciana se desabrochó el cinturón, se pasó al asiento trasero y la abrazó del brazo con tono meloso.
—¡Anda, ya! No te enojes, que le hace daño al bebé. Crecimos juntas, sabes perfectamente cómo soy. No soy tan tonta.
»Por favor, que mis papás no se enteren de esto, ¿sí? Te lo ruego. Acabo de encontrar a un excelente compañero de cama, y que me nombren académica depende de que el señor Urbina me atienda bien.
Liam se quedó sin palabras. Beatriz, también.
De regreso a casa, Beatriz recibió una llamada de Rubén. Solo de pensar en el lío de Ireneo y Luciana, no tenía ganas ni de contestar el teléfono.
***
En Maristela, frente a un exclusivo restaurante de autor, Rubén sostenía el teléfono que nadie contestaba, con el cigarrillo entre los dedos y el ceño fruncido. El viento nocturno soplaba, haciendo que la brasa del cigarrillo brillara intermitentemente.
Se llevó el cigarrillo a los labios, entrecerró los ojos y comenzó a escribirle un mensaje a Beatriz. Los carros pasaban por la calle y, de vez en cuando, un peatón imprudente se cruzaba, provocando un par de bocinazos.
Esa noche, el restaurante había recibido a varios grupos de comensales. La gente que frecuentaba ese lugar era la élite de la ciudad, por lo que casi todos se conocían y se habían saludado en los pasillos. Ahora, al salir, volvían a encontrarse.
Rubén, concentrado en su mensaje, no se dio cuenta de que alguien pasaba a su lado. La persona tropezó, chocó contra su brazo y su celular salió volando hacia la calle, justo cuando un carro pasaba y lo aplastaba. El sonido de la pantalla haciéndose añicos fue brutal.
En un instante, la furia se apoderó de él. Se giró bruscamente para encarar al culpable, pero la expresión de pánico y miedo en los ojos de la otra persona detuvo las palabras que estaba a punto de gritar.

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