—Tú no eres de Solsepia, ¿verdad? Si no, la reconocerías.
Al ver que Luciana se había quedado mirando el teléfono sin decir nada, la mujer se lo quitó, amplió la foto con el dedo para confirmar que sí era el rostro de Beatriz y se lo volvió a pasar.
—Mira bien, ¿de verdad no la has visto?
Ante la insistencia, Luciana captó la indirecta. Fingió sorpresa, se tapó la boca y señaló la pantalla.
—¡Ah, ya me acordé...!
—Te digo... —resopló la mujer con aire de suficiencia.
«¿Cómo podría alguien no conocer esa cara de mosquita muerta que tiene Beatriz?», pensó.
—Fue en esa cena de gala, la chica que parecía un ángel era ella.
La expresión de la mujer se congeló al oír a Luciana. Tardó un momento en encontrar la voz para responder con desdén.
—No tienes buen ojo, ¿verdad?
—¡Pero es que es guapísima! ¡Y su esposo también es muy atractivo!
—¿Y qué importa lo guapo que sea? Igual le va a poner el cuerno, ¿no?
—Peor sería que fuera feo y aparte infiel, ¿no crees?
—Tú... —La chica se quedó sin palabras, sintiendo que el rostro de Luciana le resultaba familiar, como si la hubiera visto en alguna parte.
—Maya —dijo alguien desde la puerta del baño. Al ver a Luciana, la recién llegada la miró con una desconfianza evidente.
Era obvio que la reconocía.
Luciana no quiso buscarse problemas y se dirigió al salón privado con sus tacones resonando en el suelo.
En cuanto se fue, la chica que acababa de salir apartó la vista de su espalda y le preguntó a su amiga.
—¿De qué hablabas con ella? Es la prima de Beatriz.
—¡Mierda! —Con razón la estaba provocando.
***
En el salón privado, el ambiente era animado. Todos charlaban sobre anécdotas divertidas de las fiestas mientras esperaban a que regresaran los que habían ido al baño.
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Los comentarios de los lectores sobre la novela: Ayer me despreciaste por coja, hoy me deseas por reina