Emilio y Mohamed lo siguieron a toda prisa.
***
En el hospital, la blanca habitación estaba llena de gente.
Carolina yacía en la cama, cubriéndose el rostro, con la muñeca envuelta en una gasa impecable. Temblaba como un animalito herido.
Penélope Corrales, enjoyada y de pie junto a ella, llevaba un traje blanco de Chanel manchado con algunas gotas de sangre.
Ya estaba enfadada por la incompetencia de su hija, pero ahora que su traje de alta costura estaba sucio, su ira se había duplicado.
Parada junto a la cama, sin importarle si su hija estaba herida, sus palabras cayeron como perlas venenosas.
—Te he criado a cuerpo de rey durante casi treinta años, gastando una fortuna y poniendo todo mi esfuerzo en enviarte a las mejores universidades, dándote una educación de élite. Pensé que, al graduarte, al menos traerías algo de honor a la familia. Pero mira en lo que te has convertido: llevas años intentando conquistar a un hombre sin éxito y terminas en este estado tan lamentable. Carolina, ¿no te da vergüenza?
»Otras chicas, con un simple encuentro casual, consiguen una noche de pasión. ¿Cómo es que en tus manos todo se convierte en burlas, insultos y humillaciones? ¿De todos los libros que has leído, ninguno te enseñó a atrapar el corazón de un hombre?
Aquellas palabras hirientes hicieron que Carolina se estremeciera. Entre sollozos, apartó la mano de su rostro y miró a Penélope con los ojos enrojecidos.
—Después de todo, lo único que quieres es que encuentre un buen partido, ¿no? Si de verdad querías que supiera cómo conquistar a un hombre, ¿para qué me mandaste a Harvard? ¡Me hubieras mandado a un burdel a que las madrotas me enseñaran a seducir! Me exiges que sea una dama de sociedad, pero también que sepa seducir como una cualquiera. ¿Qué crees que soy? ¿Una esquizofrénica?
Penélope no esperaba esa respuesta y se enfureció.
—¿Cómo te atreves a hablarle así a tu madre?
»Tus padres siempre han preferido a tus hermanos. Estás atrapada en medio, sin destacar. Si no lo haces por tu familia, al menos hazlo por ti. No es ninguna vergüenza que una mujer busque un buen respaldo en la vida.
—No quiero ser la otra.
—¿Quién te está pidiendo que seas la otra? —rio Dafne—. Nunca te pediría algo así.
—Sacrificar un poco de reputación para obtener lo que quieres es una jugada inteligente.
—Confía en mí, las dos llevamos el apellido Corrales, no te haría daño.
—En dos horas, cuando te entrevisten los medios, vas a decir esto...

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Los comentarios de los lectores sobre la novela: Ayer me despreciaste por coja, hoy me deseas por reina