Miranda, de carácter alegre, bromeó un poco con Beatriz.
Pero se detuvo pronto, no fuera a ser que ese celoso de Rubén pensara que estaba molestando a su esposa.
—Las carreras de caballos son parte de la cultura de Maristela. Muchos se hacen ricos de la noche a la mañana aquí, y muchos otros pierden hasta la vida. Es un lugar muy contradictorio.
»Beatriz, ¿habías venido antes a un hipódromo?
Beatriz asintió.
—Sí, de niña, con mi padre.
—¿A él también le gustaba?
—Vino con otras personas por trabajo.
—Eso debió ser hace mucho tiempo. Antes los hipódromos no eran tan modernos ni tenían estas instalaciones. ¿Tu padre ha vuelto en estos años?
Las pestañas de Beatriz descendieron ligeramente.
—Él… falleció hace muchos años.
Miranda se quedó sin palabras. El cuerpo que antes se apoyaba perezosamente en la barandilla se enderezó de inmediato.
—Lo siento, no lo sabía.
«¡Maldición!», pensó. «Terminé hablando de su padre fallecido».
—No te preocupes. De hecho, te agradezco que lo mencionaras. Si no, casi habría olvidado que eso pasó.
Miranda no se atrevió a seguir con ese tema y cambió la conversación a anécdotas divertidas sobre el embarazo y el cuidado de los bebés.
Al final, Miranda concluyó:
—Tú solo preocúpate por tener al bebé. Rubén tiene mucha experiencia como padre, ha cuidado niños de todas las edades.
»Te aseguro que en cuanto nazca, él se encargará de todo.
—¿Te refieres a Vanesa y los demás?
Miranda sonrió.
—¡Así que lo sabes!
***
Dentro, en cuanto Beatriz se fue, comenzaron a hablar de asuntos serios.
—¿Viniste desde tan lejos a buscar a Thiago para darle una lección?
Thiago estaba entre ellos.
Observaba cómo los demás apostaban por los caballos, queriendo participar, pero sin atreverse. Alguien se dio cuenta y le dio un codazo.
—¿No va a apostar, señor Tamez?
Thiago no apartaba la vista de la mesa de apuestas.
—Voy a esperar un poco más.
—Yo que tú no apostaba. Ya debes mucho dinero. ¿Y si pierdes otra vez? Acabarás con otra deuda hasta el cuello.
Thiago le lanzó una mirada furiosa.
—¿No puedes decir algo que dé buena suerte?
—Solo lo digo por tu bien.
—Aunque sea por mi bien, podrías decir algo positivo —resopló Thiago.
—Sí, sí, sí —asintió el otro—. He oído que el hipódromo tiene una regla: si participas tú mismo en una carrera y ganas, todas tus deudas anteriores se anulan. ¿No quieres intentarlo? Así te librarías de deberles decenas de millones.
—¿De dónde sacaste esa regla? —frunció el ceño Thiago—. Nunca había oído hablar de ella.

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