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Ayer me despreciaste por coja, hoy me deseas por reina romance Capítulo 872

Ireneo se dio la vuelta y miró a Luciana. Ella, como si tuviera un sexto sentido, también volteó a verlo. Esa mirada… fue una mezcla de emociones.

Luciana apartó la vista casi al instante.

Una extraña sensación de culpa la invadió por un segundo, pero luego pensó: «¿Y qué si tengo una cita? No es como si hubiera jurado no casarme nunca».

«¿De qué demonios me siento culpable?».

La culpa de Luciana duró apenas un suspiro. Inmediatamente, le devolvió la mirada con aire desafiante.

Ireneo permaneció en silencio un momento antes de entrar a la sala.

Dentro, los tres hombres conversaban sobre la economía de Solsepia y la política actual, comentando las noticias más recientes.

La charla se interrumpió cuando uno de los empleados de la familia Barrales llamó para avisar que tenían visitas en casa.

Así que se despidieron y se fueron a toda prisa.

Después de acompañar a Edgar y su familia a la puerta, Rubén regresó a la sala. Tomó su taza, bebió un sorbo de té y clavó una mirada inquisitiva en Ireneo.

—Ya estoy de vuelta, ¿por qué sigues con esa cara de pocos amigos?

—¿Acaso que hayas vuelto borra el hecho de que tuve que trabajar horas extras en plenas fiestas?

—Tómate las vacaciones cuando quieras. ¿Te parece? —Aquello era una gran concesión. En otros tiempos, Rubén jamás lo habría dejado ir tan fácil.

Ireneo resopló y dejó la taza sobre la mesa con un golpe seco.

—¡Como si me importara!

Se levantó de golpe, agarró su saco y se marchó.

Beatriz, que se disponía a entrar, vio a Ireneo salir hecho una furia y se quedó extrañada.

—¿Qué le pasa al señor Urbina?

Rubén frunció los labios.

—¿Quién sabe? A lo mejor algo le sentó mal. ¡Anda de un humor…!

Beatriz pensó: «No, aquí no es que algo le sentara mal. Es otra cosa…».

***

Esa noche, después de ducharse, Beatriz estaba frente al tocador aplicándose sus cremas.

Rubén entró con un vaso de agua en una mano y las vitaminas que le había recetado el médico en la otra. Se quedó de pie detrás de ella, esperando.

Ella lo miró por el espejo y le preguntó casualmente:

Ireneo sostenía el teléfono, abriendo una y otra vez su chat con Luciana.

No importaba cuántas veces lo mirara, el resultado era el mismo.

La conversación seguía estancada en las dos palabras que él había enviado.

[¿Dónde estás?]

Silencio absoluto. Como si se lo hubiera tragado la tierra.

«¡Ay, Luciana, Luciana! ¡Vaya que te luces! ¿Ahora ni siquiera respondes mis mensajes?», pensó con amargura.

Ireneo bajó la ventanilla, arrojó la colilla y arrancó el carro en dirección a su apartamento.

No fue hasta que llegó a la avenida costera que su teléfono vibró con una notificación.

Luciana: [A punto de ir a casa]

El semáforo estaba a punto de cambiar a verde, pero a Ireneo no le importó. Se quedó quieto, respondiendo el mensaje mientras los carros de atrás tocaban el claxon como si no hubiera un mañana.

Ireneo: [¿Subes tú o bajo yo?]

Luciana: [Baja tú]

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