Ahora mismo se sentía como el dueño de un rancho que había perdido a su perro pastor y tenía que salir él mismo a arrear a las ovejas.
¡Qué fastidio!
***
En la habitación, las cortinas estaban cerradas y Beatriz seguía durmiendo. Él entró de puntillas para echar un vistazo y luego salió.
—Llámale a Luciana y dile que venga a la casa.
—¿Eh? —Vanesa, como si no hubiera oído bien, se señaló a sí misma—. ¿Yo?
Al ver su expresión aturdida, Rubén la miró con severidad.
—¿No puedes?
—¡Claro que puedo! ¡Por supuesto! Ahora mismo le llamo.
***
Cuarenta minutos después, Luciana apareció en la sala de estar de la Villa de la Montaña Esmeralda.
Entró directamente y miró a su alrededor. Al no ver a Beatriz, le preguntó extrañada a Valeria:
—¿Dónde está Beatriz?
—No es la señorita quien la busca, es el señor.
»Está en la sala.
Luciana se detuvo en seco.
—¿Todavía estoy a tiempo de irme?
¿Para qué cosa buena podría buscarla Rubén? El concepto que Luciana tenía de él era simple: si no fuera por Beatriz, alguien como él ni siquiera se dignaría a mirarla. Él era maduro, racional y amable con el círculo de su esposa solo porque su naturaleza y su moral se lo dictaban. Si su esposa fuera otra persona, él actuaría de la misma manera. La especial era Beatriz, no ellos.
—Señorita Barrales, el señor la está esperando.
Mario, al ver que estaba a punto de irse, salió a su encuentro a toda prisa.
Luciana se encogió de hombros, apenada.
—Mario, ¿para qué me busca?


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Los comentarios de los lectores sobre la novela: Ayer me despreciaste por coja, hoy me deseas por reina