Tenía vanidad, pero también miedo.
A pesar de haber vivido más que otras personas, no aceptaba con más serenidad los cambios imperfectos de su cuerpo.
No podía hacerlo, y tampoco se obligaba a ello.
Incluso había pensado en qué haría si no se recuperaba bien después del parto, cómo recurriría a la medicina estética para arreglarlo.
Claro que no se atrevía a contarle estas inquietudes a Rubén.
Él era demasiado atento, tanto que era capaz de percibir hasta la más mínima de sus emociones.
Y, en el fondo, ella no quería preocuparlo demasiado.
Beatriz le quitó el frasco de aceite de las manos.
—Yo puedo sola, no te preocupes. Ve.
Rubén la miró con preocupación, fijándose en su abultado vientre.
—¿Estás segura de que puedes?
—Sí, si necesito algo, te llamo.
—De acuerdo.
Abajo, Ireneo estaba de pie frente al ventanal del patio trasero, observando a dos gatos bien alimentados que rodaban por el césped.
Eran redondos y regordetes; se notaba que comían muy bien.
—¿Qué te trae por aquí?
—¿Metiste a Luciana en la empresa?
Ireneo fue directo al grano, girándose para mirarlo.
Rubén, por su parte, respondió con toda franqueza:
—No.
Luego, le indicó a Mario que le trajera una toalla caliente. Sus manos olían a la fragancia frutal del champú de Beatriz.
Un aroma dulce y empalagoso.
—¿Sin tu permiso el departamento de investigación les habría hecho un hueco?
—Ah, ¿te refieres a eso? —dijo Rubén mientras se secaba las manos con la toalla caliente, como si por fin entendiera de qué hablaba—. Luciana me contactó para decirme que su laboratorio ya había completado la fase inicial de desarrollo y que necesitaban realizar pruebas prácticas para corregir errores.
—¿Y no es una petición razonable?
—¿Se supone que no les dé un lugar para trabajar? ¿O querías que los mandara a la calle?


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