El elevador llegó a su piso.
Cuando las puertas se abrieron, Noelia volvió a tomar el brazo de Adriano.
En el salón privado, los Blancas estaban todos reunidos. Al verlos llegar, los elogiaron diciendo que hacían una pareja perfecta.
Los cumplidos falsos llovían, tan empalagosos que provocaban ganas de poner los ojos en blanco.
Aun así, Noelia mantuvo una sonrisa, sentada al lado de Adriano y actuando de vez en cuando como una esposa enamorada.
Una vez que salieron del salón y se despidieron de los demás, dejaron de fingir.
Las alianzas matrimoniales entre familias de abolengo tienen de todo, menos amor.
***
Ese día, Rubén llevó a Beatriz a un restaurante exclusivo que era el favorito de la gente de Capital Futuro.
Justo al entrar, sonó el teléfono de Rubén.
Miró el identificador de llamadas y le pidió al mesero que llevara a Beatriz al reservado primero.
Él se dio la vuelta y fue al pasillo exterior para contestar.
Quienquiera que estuviera al otro lado dijo algo que hizo que Rubén frunciera el ceño.
Después de escuchar durante unos cinco minutos, no pudo más.
—¿No te parece que esa idea es un completo disparate?
La otra persona debió de rebatirle con algún argumento ilógico, porque Rubén soltó una risa irónica. Se desabrochó el saco, se puso las manos en la cintura y, de pie en el pasillo, se rio de nuevo.
—De acuerdo. Ya veremos si tu lógica es retorcida o si de verdad tienes razón.
Finalmente, el señor Tamez colgó y le llamó a Alberto.
Le dio algunas instrucciones antes de entrar al reservado.
Justo cuando entraba, el mesero terminaba de servir el último platillo y preguntó si necesitaban que alguien se quedara a atenderlos.
Antes de que Beatriz pudiera responder, la voz de Rubén se escuchó desde la puerta.
—Puede retirarse.
—¿Qué pasó? ¿Algo del trabajo?
—Tardaste bastante.
—Sí —respondió el señor Tamez escuetamente, y luego preguntó—: ¿Por qué no empezaste a comer?
—No tenía mucha hambre, podía esperarte.
Rubén sonrió y, tomando los cubiertos, le sirvió en el plato a Beatriz.
Definitivamente, estar con su esposa era lo más relajante. Todos los demás eran un dolor de cabeza.
—Creo que sí. Se apellida Barrales, no pregunté los detalles. ¿La conoces?
Ireneo sonrió, pero fue una sonrisa de pura frustración.
«Perfecto», pensó.
Ahora que él había tirado la toalla, Rubén la metía directamente en la empresa.
«Muy bien, muy bien».
Ese desgraciado de Rubén cada vez se pasaba más de la raya.
«Ya me las pagará».
***
En la Villa de la Montaña Esmeralda, Rubén le secaba el pelo a Beatriz en el dormitorio. Sus dedos se deslizaban por los mechones sedosos, y el aire caliente del secador hacía que el cabello volara para luego caer suavemente.
Mario esperaba en la puerta de la sala de estar. Solo cuando el ruido del secador cesó, se atrevió a hablar.
—Señor, llegó el señor Urbina.
—¿Quieres que le pida a Valeria que suba a ponerte la crema?
Desde que entró en el último trimestre del embarazo, su vientre había crecido mucho y Beatriz se aplicaba crema antiestrías todos los días sin falta.
Y la mayor parte del tiempo, era Rubén quien se encargaba de esa tarea.

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Los comentarios de los lectores sobre la novela: Ayer me despreciaste por coja, hoy me deseas por reina