Berta, enfurecida y viendo que Luciana no decía nada, supo que la versión de Edgar era cierta.
Le dio un manotazo en el brazo.
—¡Hasta los conejos respetan su territorio! ¿No podías meterte con alguien que no fuera amigo de Rubén?
—¿Desde cuándo andan en esto?
—No hace mucho —respondió Luciana, con la voz apenas audible.
—¿Cuánto es «no hace mucho»? —insistió Berta.
—¡Habla claro! —exigió Edgar.
—Fue... durante las vacaciones de fin de año.
*¡Paf!*
Berta le dio otro manotazo en el brazo.
Edgar, también furioso, se acercó y la empujó de una patada, haciéndola caer sobre el reclinatorio.
—¡Con un amante y al mismo tiempo en citas! ¿Cómo diablos crie a una hija tan casquivana? ¡Qué bien te lo montas!
Bajo el ataque combinado de sus padres, Luciana no se atrevió a decir ni una palabra. Temía que, si intentaba defenderse, los golpes serían peores. Los recuerdos de las palizas de su infancia seguían vivos en su memoria, y no podía creer que, a sus casi treinta años, tuviera que volver a pasar por aquello.
Encogida como un polluelo asustado sobre el reclinatorio, su aspecto lastimero conmovió a la anciana.
La abuela apartó a Edgar y protegió a Luciana con su cuerpo.
—Ya basta. Tiene casi treinta años. ¿Creen que sigue siendo una niña para que la golpeen entre los dos? Además, en el instituto de investigación es una directiva. ¿Qué imagen da que la traten así?
Edgar temblaba de rabia. Señaló a Luciana, con unas ganas tremendas de pegarle, pero la presencia de su madre se lo impedía. Frustrado y sin poder desahogar su ira, descargó un puñetazo contra la puerta de la capilla. La madera se astilló, dejando un enorme agujero.
La anciana, atónita, se acercó rápidamente y le dio un golpe en la nuca a Edgar.
—¿Estás loco? ¿A quién le quieres demostrar tu fuerza frente a los ancestros? ¡Fuera de aquí!

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: Ayer me despreciaste por coja, hoy me deseas por reina