—Rubén —dijo Edgar, con el tono de un veterano, volviéndose hacia él—, parece que el señor Urbina también quiere asistir a la Cumbre Empresarial Solsepia. Así que ya puedes tomarte un descanso.
Rubén se quedó helado. ¿Ahora quería arrastrarlo a él al problema?
Beatriz, de pie a su lado, sintió la tensión en el ambiente y su primer instinto fue huir de ese campo de batalla. Si a Luciana ya no le interesaba Ireneo, ella no tenía por qué meterse en los asuntos de esos hombres.
Pero Rubén no le dio la oportunidad.
Le dio un apretón firme en la cintura que la hizo fruncir el ceño de dolor.
El gesto la obligó a hablar:
—Tío…
Al escuchar la voz de Beatriz, el semblante de Edgar se suavizó un poco.
—¿Sí?
—Tío, voy a llevar a Luciana a ver a la bebé.
Los ojos de Luciana se iluminaron de esperanza al oír a Beatriz. ¡Chispas de gratitud brillaban en ellos!
¡Su hermana del alma!
¡Era su verdadera hermana!
Edgar la miró con una advertencia en los ojos.
—Vayan.
Luciana, como si escapara de la horca, se aferró al brazo de Beatriz y se alejó.
En cuanto a Beatriz, al pasar junto al señor Tamez, no pudo ocultar el reproche en su mirada.
«Canijo, quiere usarme de escudo. Ni lo sueñe».
Una vez que Luciana se fue, Edgar pareció más dispuesto a conversar con Ireneo.
A lo lejos, los curiosos observaban la escena con intriga.
—Por la actitud del señor Barrales, era obvio que no se lleva bien con el señor Urbina.
—¿Y por qué ahora están platicando tan tranquilos?
—¿No te das cuenta? Estaba evitando que el señor Urbina se acercara a su hija. Ahora que ella se fue, ya no hay nada que proteger.

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