—¿El suegro de Ireneo? —preguntó Mohamed, intrigado, mientras observaba a los dos correr en círculos. Lejos de parecerle molesto, la escena le divertía.
Era bien sabido que Ireneo era un soltero empedernido. En Maristela, muchas habían intentado conquistarlo, pero ninguna lo había logrado.
—Papá, está enamorado de Luciana, la hermana de mi tía.
—Cuando salían, él iba por ahí presumiendo que nunca se casaría. Ahora que el padre de ella lo desprecia por ser un mujeriego, él quiere cambiar de vida. ¿No viste esta noche cómo el señor Urbina intentaba acercarse a Luciana y Edgar lo bloqueaba una y otra vez?
—¡Ah! —exclamó Mohamed—. Sí, lo vi. ¡Con que de eso se trataba!
Cuando los invitados se fueron, llegó el momento de la reunión familiar.
Serena y Valeria salieron de la cocina con bandejas en las manos, justo a tiempo para escuchar la conversación.
—Ireneo, ¿no que eras un soltero convencido? Decías que nunca te casarías, ¿y ahora quieres hacerlo?
—La gente cambia, cuñada.
Vanesa soltó un comentario mordaz:
—Lástima que cambiaste demasiado tarde.
Ireneo la señaló, a punto de soltarle una grosería, pero tras unos segundos, bajó la mano, resignado. No valía la pena discutir con ella.
Cuando Ireneo se dio cuenta de que no podía contar con Rubén, recurrió a Beatriz, esperando que ella intercediera por él.
Pero Beatriz se mantuvo impasible, con una actitud que dejaba claro que no quería involucrarse en esos enredos.
Ireneo, desesperado, casi le hizo un juramento.
—Dicen que nunca es tarde para cambiar, ¿no? Beatriz, por favor, ayúdame.
—Tu problema es con Luciana, no conmigo. Si ella acepta, nadie podrá detenerlos. Pero si no quiere, nadie podrá convencerla.
—Lo sé, pero ¿qué más puedo hacer? —dijo Ireneo, rascándose la cabeza con frustración—. Ni siquiera puedo verla.

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