Dentro del Rolls-Royce, la mujer al volante giró la dirección mientras miraba a Javier con preocupación.
—¿Y si te llevo con el doctor Navarro para que te revise?-
—¿Para qué? Ya vi a un médico, es solo una infección en la muela del juicio —respondió Javier impaciente.
—Es que me da miedo que los doctores de aquí no sean buenos —Serena Carrasco hizo una mueca—. ¿Por qué no me dijiste que te dolía la muela? Te hubiera llevado directo con Navarro.
Javier la miró de reojo.
—El Hospital San Salvador es uno de los mejores. Es solo una muela inflamada, ¿crees que no sepan curar eso?
Serena lo pensó un momento.
—Escuché que lo mejor para eso es sacártela. ¿Por qué no te la quitas de una vez?
—No quiero —masculló Javier cubriéndose la boca—. Me duele, no quiero hablar ahorita, ya no preguntes.
—Bueno, bueno, ya no pregunto —pensó Serena divertida.
Su hermanito siempre le había tenido pánico al dentista, y de adulto seguía igual.
Javier giró la cabeza hacia la ventana.
El paisaje exterior pasaba volando, pero él no veía nada; su mente estaba llena del rostro de cierta persona.
La dentista que lo acababa de atender le había dado una extraña sensación de familiaridad, recordándole a ella.
¿Dónde estaría ahora? ¿Habría logrado ser dentista como quería?
¿Cómo estaría? ¿Tendría novio? ¿Se habría casado?
Aunque alguien como ella difícilmente encontraría novio. A pesar de tener facciones decentes, no sabía arreglarse, se vestía fatal y era tan introvertida que no le sacabas ni una palabra. ¿Quién se fijaría en ella?
¡Quién hubiera imaginado que alguien así sería quien terminara con él!
Javier recordó la escena de la ruptura y sintió que la rabia seguía ahí.
Después de tantos años, ¿se habría arrepentido?
Él no la buscó, y ella realmente nunca lo buscó a él, como si nunca hubiera existido en su mundo.


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