Dentro del Rolls-Royce, la mujer al volante giró la dirección mientras miraba a Javier con preocupación.
—¿Y si te llevo con el doctor Navarro para que te revise?-
—¿Para qué? Ya vi a un médico, es solo una infección en la muela del juicio —respondió Javier impaciente.
—Es que me da miedo que los doctores de aquí no sean buenos —Serena Carrasco hizo una mueca—. ¿Por qué no me dijiste que te dolía la muela? Te hubiera llevado directo con Navarro.
Javier la miró de reojo.
—El Hospital San Salvador es uno de los mejores. Es solo una muela inflamada, ¿crees que no sepan curar eso?
Serena lo pensó un momento.
—Escuché que lo mejor para eso es sacártela. ¿Por qué no te la quitas de una vez?
—No quiero —masculló Javier cubriéndose la boca—. Me duele, no quiero hablar ahorita, ya no preguntes.
—Bueno, bueno, ya no pregunto —pensó Serena divertida.
Su hermanito siempre le había tenido pánico al dentista, y de adulto seguía igual.
Javier giró la cabeza hacia la ventana.
El paisaje exterior pasaba volando, pero él no veía nada; su mente estaba llena del rostro de cierta persona.
La dentista que lo acababa de atender le había dado una extraña sensación de familiaridad, recordándole a ella.
¿Dónde estaría ahora? ¿Habría logrado ser dentista como quería?
¿Cómo estaría? ¿Tendría novio? ¿Se habría casado?
Aunque alguien como ella difícilmente encontraría novio. A pesar de tener facciones decentes, no sabía arreglarse, se vestía fatal y era tan introvertida que no le sacabas ni una palabra. ¿Quién se fijaría en ella?
¡Quién hubiera imaginado que alguien así sería quien terminara con él!
Javier recordó la escena de la ruptura y sintió que la rabia seguía ahí.
Después de tantos años, ¿se habría arrepentido?
Él no la buscó, y ella realmente nunca lo buscó a él, como si nunca hubiera existido en su mundo.
El hombre permaneció inmóvil, con el teléfono en la oreja. Sin embargo, sus dedos se apretaron inconscientemente hasta que los nudillos se pusieron blancos.
—¿Ella nunca ha ido a una reunión? —preguntó Javier. Su tono era tranquilo, pero su mirada se había oscurecido.
—¿Dana? No, nunca. De hecho, no la localizamos —respondió Vicente con cautela—. Desde que salimos de la universidad, nadie la ha visto ni hemos sabido nada de ella. Es como si se la hubiera tragado la tierra.
El jefe de grupo siguió hablando, pero Javier dejó de escuchar.
Colgó con una excusa y se quedó pensativo, con la mirada perdida.
—¿Qué pasa? ¿Quién era? —preguntó Serena al notar su expresión extraña.
Javier volvió en sí.
—Nada, reunión de la prepa.
—Ah, reunión de prepa, tienes que ir —rio Serena—. Igual y te ligas a alguien y consigues novia, que llevas años sin nada serio.
Su hermano ya tenía veintisiete años. Salvo aquella novia de la universidad, con la que debió terminar al irse al extranjero, no se le había conocido otra pareja en años.

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