Su mamá estaba que se moría de la angustia y no dejaba de presionarlo. Lástima que estando él en el extranjero, no podía hacer mucho.
En otra ocasión, Javier le habría respondido con un bufido o poniendo los ojos en blanco.-
Pero hoy estaba raro.
Javier no dijo nada, solo se quedó pasmado, con la mirada desenfocada, ¿quién sabe viendo qué?
Serena pasó la mano frente a sus ojos.
—¡Ey! ¿En qué piensas?
—En nada. —Javier bajó la vista, sacó un cigarro del bolsillo y se lo llevó a la boca.
—¡Oye, no fumes aquí! —Serena frunció el ceño—. ¡Me choca el olor!
Javier tuvo que guardar el cigarro.
—Déjame en el siguiente semáforo, mi hotel está ahí adelante.
Había llegado anoche de madrugada y, como le dio flojera ir a la mansión de los Carrasco, se quedó en el hotel más cercano hasta que el dolor de muelas lo despertó.
—¿No vas a ir a la casa? —se sorprendió Serena—. Papá y mamá organizaron una cena de bienvenida para ti hoy.
—Voy más tarde —dijo Javier cubriéndose la cara—. Diles que no preparen gran cosa, así como estoy no puedo comer nada.
—Buen punto. Le diré a mamá que te prepare un caldito de pollo y ya —dijo Serena mientras se orillaba.
Javier bajó del auto y subió a su habitación con la medicina.
Primero se tomó las pastillas con agua y luego abrió su cartera. Sacó una foto que se notaba que tenía sus años.
Era una foto de él y Dana. Se la tomaron en las vacaciones de verano de segundo año de universidad, cuando la llevó a la playa.
Fue esa noche cuando tuvieron intimidad.
Después del verano, se separaron. Poco tiempo después, Dana le pidió terminar.
Habían pasado muchos años, pero la escena de la ruptura seguía fresca en su memoria.
Ese día, él llamó al celular de Dana como de costumbre. Últimamente, ella no le contestaba, decía que estaba ocupada, y cuando contestaba hablaba muy poco. Pero como ella siempre fue de pocas palabras, Javier no le dio importancia.
—Javier, hay que terminar.


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